El caso Conkal y la libertad de expresión
El pasado 23 de mayo fue presentada ante la Lic. Vilma Ramírez Santiago, directora de quejas y reclamaciones del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED), una denuncia del Oasis de san Juan de Dios A.C. en la que se incriminaba a dos presbíteros católicos de la arquidiócesis de Yucatán por “discriminación, incitación a la violencia y provocación a crímenes de odio por homofobia”.
Uno de los ministros denunciados habría dicho desde el púlpito que “los homosexuales son un problema para nuestra sociedad; que ofenden, atacan y destruyen la familia; que son peligrosos para la sociedad y que representan un problema social que hay que atacar; Que la ley de dios no perdona a los homosexuales y que éstos no van ha entrar al Reino de los cielos, por lo que no deben entrar a la misa…” entre otras expresiones semejantes.
No es un asunto menor. En la ley reglamentaria del artículo 1º constitucional, la Ley Federal para Prevenir y Sancionar la Discriminación, se precisa como conductas discriminatorias “incitar al odio, violencia, rechazo, burla, difamación, injuria, persecución o la exclusión” (Art. 9 inciso XXVII). Y eso es lo que parece haber hecho el denunciado presbítero en su predicación, dado que hasta el momento no ha desmentido de manera pública las expresiones por las que ha sido acusado.
El caso tiene muchas aristas. No se trata, aunque haya quienes así lo perciban, de un ataque externo contra la iglesia católica, dado que tanto el denunciado como el denunciante son ambos católicos en toda la regla. Es más bien, en todo caso, un reflejo de la discusión interna que existe dentro de la comunidad católica acerca de la homosexualidad, debate que mantiene en lados opuestos a quienes sostienen que no existen personas homosexuales propiamente dichas, sino solamente heterosexuales que por diversas circunstancias han desviado el camino o se han apartado de una supuesta naturaleza original, frente a católicos que sostienen que es razonable el consenso cada vez más extendido en el mundo de que existen personas homosexuales en cuanto tales, y que esto no las hace ni mejores ni peores, sino simplemente diferentes.
Hoy quisiera, sin embargo, enfocarme en otra de las aristas, aquella que subraya la libertad de expresión. La denuncia presentada por el director del Oasis de san Juan de Dios A.C. afirma que, cuando el documento fue presentado ante un alto funcionario de la arquidiócesis, éste replicó: “¿Ustedes los de derechos humanos pueden decir lo que quieran, pero nosotros no podemos decir lo que queramos?”. Que queda planteado aquí un asunto de libertad de expresión se manifiesta también en el comunicado que, a propósito de la denuncia, expresa la posición del equipo de derechos humanos Indignación A.C. (www.indignacion.org.mx).
Sostiene Indignación A.C. que “la libertad de expresión, también garantizada por nuestras leyes como un derecho reconocido a todos los mexicanos y mexicanas, entre los que se cuenta a los ministros de cualquier culto, de ninguna manera implica la libertad de denostar u ofender a ninguna persona y no puede argumentarse como justificación para cometer discriminación”.
Hace algunos meses hubo una polémica de carácter internacional que puso sobre el tapete de la discusión el mismo asunto. Se trataba entonces de las caricaturas de un cartonista danés que criticó con sarcasmo al Islam haciendo mofa de la figura del profeta Mahoma. El escándalo desatado, tanto más grande cuanto que abordaba una temática tan sensible como la religiosa, motivó reflexiones que señalaban que la libertad de expresión debía tener ciertos límites, no impuestos arbitrariamente por alguna autoridad censora, sino consensuados socialmente a través de leyes que protejan otros derechos.
No es, desde luego, una discusión acabada. Liberales de un cierto radicalismo sostienen que la libertad de expresión es de tal manera fundamental que no debiera tener cortapisa alguna. Algunos países, en cambio, consideran –y así lo establecen en sus leyes– que ninguna libertad de expresión puede ser puesta al servicio de la discriminación o del menoscabo de los derechos de grupos vulnerables. Es el caso de Alemania, por ejemplo, donde no se puede usar la libertad de expresión para hacer apología del nazismo, so pena de probar la cárcel.
En lo que toca a nuestro caso local, la petición del Oasis de san Juan de Dios A.C. es firme, pero conciliadora. Solicitan una disculpa por escrito. Nada más, pero nada menos. Es la negativa por parte del presbítero señalado lo que ha motivado que el Oasis acudiera a la CONAPRED y a la Secretaría de Gobernación. Todavía es tiempo de que la disculpa pública se ofrezca y este asunto termine dejándonos a todos, enseñanzas invaluables. A eso se le llamaba antiguamente prudencia, una de las virtudes menos comunes hoy día.
Insistir, escudándose en la libertad de expresión, en que los ministros religiosos pueden decir desde el púlpito lo que se les antoje, así sea promover la discriminación o incitar a la violencia, no solamente coloca a la iglesia del lado contrario al de su Fundador, que luchó contra todo tipo de exclusiones en su tiempo, sino que es, por decir lo menos, inconsecuente, dado que la iglesia católica no se ha caracterizado en su historia pasada y reciente por promover o respetar la libertad de expresión dentro de sus propias filas.
Colofón: Un empleado del Diario de Yucatán se ha comunicado conmigo por teléfono para pasarme un recado del Director de dicho rotativo. Me dice que no se tratan asuntos delicados (“que pueden herir susceptibilidades”, fue la expresión), como el de la homosexualidad, en los espacios editoriales a menos que provengan de autoridades oficiales de la iglesia católica. O es una disposición muy reciente, dado que yo he tratado el tema en muchas otras ocasiones en mi columna, o hay diversas pesas y medidas dentro de ese medio de comunicación, dado que otro presbítero, éste Legionario de Cristo, sigue tratando este tipo de temas sin ninguna cortapisa en la página editorial de la sección nacional-internacional. De cualquier manera, las razones justificadoras de la censura me parecen superficiales y, al menos para mí, absolutamente insuficientes.
Raúl H. Lugo Rodríguez







no discriminen nadie es perfecto