El Día Internacional contra la Homofobia
Iglesia y sociedad 12 de Mayo de 2008
Raúl H. Lugo Rodríguez
La Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación define así en su artículo 4º: “Se entenderá por discriminación toda distinción, exclusión o restricción que, basada en el origen étnico o nacional, sexo, edad, discapacidad, condición social o económica, condiciones de salud, embarazo, lengua, religión, opiniones, preferencia sexuales, estado civil o cualquier otra, tenga por efecto impedir o anular el reconocimiento o el ejercicio de los derechos y la igualdad real de oportunidades de las personas”.
Le erradicación de la discriminación, sin embargo, requiere no solamente de leyes. La discriminación es una enfermedad social, un cáncer que corroe nuestra convivencia comunitaria. A veces da la impresión que todos llevamos un discriminador en nuestro interior, que solamente espera la oportunidad para salir de su letargo y envenenar el ambiente social en el que nos desenvolvemos. Y es que la discriminación está basada en prejuicios que sostienen un trato de menosprecio a ciertos tipos de personas consideradas no sólo distintas, sino inferiores. Dichos prejuicios, desde luego, no son reconocidos como tales, sino que son adoptados por quien discrimina como si fueran verdades naturales e incuestionables. Esto es lo que se conoce como “falacia discriminatoria”, que induce a concebir las desigualdades como resultado de la naturaleza y no como lo que en realidad son: una construcción cultural. Es ésta la vía por la cual la discriminación encuentra su aceptación y su legitimidad. La mentalidad discriminatoria no sólo busca aislar o marginar a quien considera diferente, sino que, en la medida en que lo distinto parece representar una amenaza para sus propios valores y certidumbres, puede llegar al deseo de su aniquilamiento
Cuando en el año 2001 se estableció en nuestro país la Comisión Ciudadana de Estudios contra la Discriminación, reconocimos que uno de los siete tipos de discriminación más persistentes en nuestra sociedad mexicana era la discriminación por orientación sexual. Y es que, como afirma la Comisión en su informe, “Si la discriminación se cultiva frecuentemente sobre la base de juicios valorativos que tienden a descalificar aquello que se considera inadmisible desde el punto de vista de los estereotipos convencionales, podrá entenderse entonces que el campo de la sexualidad sea uno de los terrenos privilegiados sobre los que opera la moral discriminatoria”.
Probablemente no haya práctica discriminatoria que goce de mayor impunidad social que la homofobia o rechazo a las personas homosexuales y a la expresión de su identidad sexual. La gran mayoría de las personas homosexuales viven en silencio, sin poder expresar libremente su vida sexual y amorosa, obligados a vivir en simulación o con una doble vida. Debido a la estigmatización que padecen, son socialmente invisibles y están condenados a la clandestinidad. Sólo autoexcluyéndose pueden evitar la discriminación. De lo contrario, podrían verse sometidos a tratos injustos y arbitrarios que son justificados por el prejuicio moral que sostiene una frontera rígida entre lo que se considera normal y lo que es visto como patológico.
Desde el año de 2005 México ha reconocido, por acuerdo del Congreso de la Unión, el 17 de mayo como “Día contra la Homofobia”, uniéndose así a una iniciativa internacional de amplio alcance. Se celebra ese día para conmemorar que en esa misma fecha, pero en 1990, superando una etapa en la que los prejuicios históricos se habían impuesto a la ciencia y a la razón, la Organización Mundial de la Salud eliminó la homosexualidad de su lista de enfermedades mentales en la que nunca debió haber estado incluida.
El día contra la homofobia nos recuerda que todos y todas tenemos que trabajar por superar el conjunto de creencias, opiniones, actitudes y comportamientos que producen agresión, odio, desprecio y ridiculización hacia las personas homosexuales. Esto es más urgente en la medida que hoy están resurgiendo supuestas terapias “reparadoras”, desaconsejadas por las más prestigiadas instituciones psicológicas y psiquiátricas del mundo, que parten de la concepción de que la homosexualidad es una enfermedad que tiene que curarse. Patrañas como esas crecen amparadas por prejuicios de todo tipo, aunque la ciencia y el consenso social internacional vayan en otro sentido. Pero ya nos ocuparemos de ello en otra entrega.
Colofón: Quejas, muchas quejas he escuchado debido a la nueva normatividad municipal sobre los cementerios. Parece que de un plumazo han desaparecido las tumbas a perpetuidad y que los trámites testamentarios son tan engorrosos que terminan despojando a los herederos de las propiedades. ¿Y la obligación de favorecer una muerte digna para todos los ciudadanos y ciudadanas?







Querido Padre, Soy Psicoanalista y estoy trabajando con homosexuales. Soy creyente y me interesa muchísimo su punto de vista desde la Iglesia. Gracias por el riesgo que se toma al escribir en su libro sobre la homosexualidad. Es usted muy valiente. Le agradeceré su amable contestación así como su número telefónico para contactarme más adelante con Usted. Con mucha admiración. Carmen