Terapias para revertir la homosexualidad: una opinión crítica
Para Cristina Auerbach, cristiana cabal, en fraterna solidaridad
Durante toda la semana el anuncio ha estado saliendo en los medios impresos de mayor circulación. En el centro una fotografía con una mano sosteniendo el control de las velocidades de un automóvil, rodeada por la pregunta “¿Sabías que la homosexualidad es reversible? En tus manos está tomar la decisión”. La propaganda se ha extendido a la radio y no sé si también a la televisión. Al lector le es imposible saber si tal despliegue de publicidad y el costo que ella supone es absorbido por el conferencista o si es asunto de las entidades locales que lo patrocinan. Es lo de menos. Se trata del curso que Richard Cohen, fundador de la International Healing Foundation, impartirá en Mérida hacia fines del mes de septiembre. En una invitación que circula de manera electrónica el curso lleva por título: “Curso sobre la homosexualidad. Causas, orientación y tratamiento”.
Ligadas en su origen al movimiento contracultural evangélico de los años setentas (el primer ministerio religioso “ex gay” del mundo, “Love in Action”, nació en 1973), las terapias reparadoras llevan ya varias décadas de existencia. Van desde grupos de apoyo religioso hasta terapias clínicas cuyo objetivo es cambiar la orientación sexual de la persona. Los resultados de las terapias reparadoras son harto discutibles. Stephen Parelli, pastor bautista, revisa a fondo algunos de sus resultados partiendo de su propia experiencia de homosexual sometido a todo tipo de caminos de conversión sexual. En su experiencia, este tipo de terapias usa selectiva y sesgadamente la psicología; promete “cambio” y “cura” cuando lo único que en contadas ocasiones logra son cambios externos de conducta y no una modificación de la orientación fundamental; parte de un punto de vista estereotipado sobre los roles de género considerando, casi obsesivamente, que la homosexualidad no es otra cosa que el resultado del fracaso individual para adoptar el propio género; y finalmente, lo que no es peccata minuta, denuncia documentadamente una ausencia de honestidad en muchas de las personas que participan en este tipo de movimientos. La frustrante experiencia de Parelli le llevó a convertirse en el director ejecutivo del movimiento “Otras Ovejas”, que ofrece servicios de acompañamiento a cristianos y cristianas homosexuales desde totalmente otra perspectiva (www.othersheep.org).
Hay opiniones muy encontradas sobre este tipo de terapias. En el artículo sobre el día de la homofobia, cuya censura me hizo abandonar el rotativo para el que escribí por cerca de quince años, me referí a las terapias reparadoras como “patrañas”. Quizá fue un adjetivo demasiado duro y poco explicitado. Hay algunos comentarios dejados por los amables lectores que señalan su desacuerdo. Así que quisiera ahora compartir algunas ideas sobre el mismo asunto.
- Desde que, tanto la Asociación Americana de Psiquiatría como la Organización Mundial de la Salud, excluyeron la homosexualidad de la lista de las enfermedades mentales, el mundo ha caminado hacia una comprensión mucho más tolerante de la realidad de la homosexualidad, presente como se sabe en casi todos los tiempos y culturas. Hay muchas organizaciones conformadas por científicos que se oponen a las terapias reparadoras: la American Psychiatric Association, American Academy of Pediatrics, la American Medical Association, la American Psychological Association, la American Counseling Association y la National Association of Social Workers, para mencionar solamente a las estadounidenses. Y no me parece un asunto menor el hecho de que tales asociaciones las desaconsejen afirmando que este tipo de terapias puede causar serios daños a las personas que a ellas se someten. Personalmente, me parece que las terapias reparadoras, lo mismo que algunas doctrinas religiosas, parten de un prejuicio fundamental que no comparto: que las personas homosexuales no son otra cosa que heterosexuales echados a perder. Basados en la argumentación de la ley natural o en alguna de sus variantes, sostienen que algo debe haberle pasado a una persona que la desvió del camino correcto. De esta manera, las terapias de reparación se alinean en lo que se conoce como heterosexismo, esa mentalidad que tiende a hacer de la heterosexualidad la única experiencia sexual legítima, posible, e incluso pensable, lo que explica que muchas personas vivan su vida sin haber jamás pensado en la realidad homosexual, presente sin embargo en todas partes y mucho menos oculta de lo que en un principio pudiera creerse. Yo soy de los que piensan que el heteresexismo es un prejuicio que va siendo confrontado con argumentaciones cada vez más sólidas y que, optimista irremediable como soy, algún día será barrido definitivamente por la historia.
- Creo que las terapias reparadoras, aunque no se atrevan a confesarlo, siguen comprendiendo la homosexualidad como si se tratara de una enfermedad. Por eso me parece más honesta la posición de movimientos como Courage que se reconoce, al menos teóricamente, como un movimiento que no brinda reorientación sexual sino que promueve la castidad, en la línea que propone la iglesia católica (www.courage-latino.org). No obstante, me parece que ambos movimientos apelan de manera poco crítica a lo que ellos llaman “atracción sexual al mismo sexo (AMS) no deseada”. Digo que lo hacen de manera poco crítica porque es casi una verdad de Perogrullo que muchas personas homosexuales no quieren serlo, porque en un mundo en el que la homosexualidad es considerada una desgracia personal y social, es muy difícil que alguien quiera ser homosexual. Lo mismo podría decirse de los negros en una sociedad de dominio blanco, o de las mujeres en un mundo machista y patriarcal. Para entenderlo mejor, la idea que subyace a las terapias reparadoras sería equivalente a decir, mutatis mutandi, que las personas que se avergüenzan de ser mayas no lo hacen debido a que la sociedad parezca estar organizada para provocar su exterminio, sino a que el ser maya sería una especie de enfermedad, por lo que deberían someterse a cierto tipo de cura que los librara de tal estigma y les permitiera “superar” su condición étnica.
- Está claro que todas las personas, homosexuales o no, están en absoluta libertad de buscar cambiar de orientación sexual si así lo desean. Pero que lo hagan porque así lo desean, no porque la sociedad los discrimine y les niegue el respeto a sus derechos. Hay personas de color que hacen todo lo que está en sus manos para blanquear su piel y zurdos que se esfuerzan en escribir con la mano derecha, y están en todo su derecho. Otro elemento importante será analizar los riesgos y probabilidades de éxito que ese tipo de intentos de reconversión conllevan. Conozco, debo decirlo, personas homosexuales que viven su orientación sexual de manera plena y feliz y que se enojan mucho cuando, generalizando, se habla de ellos como si fueran personas condenadas a sufrir angustia y depresión. La depresión, como la experiencia lo demuestra, es un trastorno emocional que no es privativo de personas con orientación homosexual.
- Hay personas que ligan el nuevo auge propagandístico de las terapias reparadoras con la iglesia católica. No les falta razón. La primera ocasión en que Richard Cohen estuvo en Mérida, por cierto de manera casi secreta, lo hizo auspiciado por una universidad dirigida por una congregación católica. La invitación al curso que ahora ofrecerá, al menos la que me llegó a mí en versión electrónica, viene firmada por un alto jerarca eclesiástico. Hay personas que piensan que hay coherencia entre la enseñanza de la iglesia sobre la homosexualidad (CIC 2358) y la promoción de las terapias reparadoras. No obstante, refiero aquí las palabras del teólogo católico Juan José Tamayo: “Un primer dato a tener en cuenta es el amplio pluralismo que existe entre los colectivos de cristianos y cristianas. Por una parte están las posiciones de la jerarquía católica en bloque, sin fisuras, al menos externas, y de algunas organizaciones católicas que consideran éticamente desordenada la mera inclinación de la persona homosexual; califican la práctica homosexual de inmoral y abominable; acusan a los gays y lesbianas de personas depravadas, virus para la sociedad y moralmente malos; comparan a los matrimonios homosexuales con la acuñación de moneda falsa y les aplican valoraciones como éstas: corrupción y falsificación legal de la institución matrimonial, retroceso en el camino de la civilización, lesión grave de los derechos fundamentales del matrimonio y de la familia, atentado contra la armonía de la creación, quiebra de la estabilidad social en su entraña más profunda y desfiguración de la imagen del hombre y de la familia… De otra parte están los planteamientos de numerosos colectivos de teólogos, teólogas, grupos de base, lesbianas y gays cristianos, que disienten de la jerarquía y la acusan de beligerante y totalitaria. Estos colectivos defienden un modelo de convivencia caracterizado por el respeto y la libertad, reconocen la homosexualidad como una forma legítima de ejercer la sexualidad, reclaman el derecho de las parejas homosexuales a contraer matrimonio tanto civil como religioso, ya que son unidades de convivencia y afecto en igualdad de condiciones que las personas heterosexuales”. Hay, pues, un debate abierto. Las cosas no son tan monocromáticas como pareciera…







padre lugo, quiero decirle, que asi como veo en usted un padre diferente, yo me concibo una proxima psicologa diferente, no loca, sino, que soy capaz de ver más allá de lo que quieren que yo vea.
Es admirable su existencia !