La Organización del Pueblo Indígena Me’phaa (OPIM) fue creada en 2002 para defender y promover los derechos de los indígenas Me’phaa, también conocidos como indígenas Tlapanecas. El territorio de este pueblo originario se encuentra en el sur del Estado de Guerrero, donde viven alrededor de 116.000 Me’phaa, y sus comunidades cuentan con uno de los mayores niveles de marginación y los indicadores de desarrollo humano más bajos de México.
La OPIM y sus líderes han logrado, en los años que llevan existiendo como organización de derechos indígenas, llevar a instancias nacionales e internacionales graves casos de violaciones a los derechos humanos de algunos de los miembros de su comunidad, han logrado exponer los abusos cometidos por autoridades y por el cacique que opera en el área, y han desarrollado importantes proyectos de desarrollo económico y social en beneficio de su pueblo.
Diversas organizaciones nacionales e internacionales han documentado un patrón de hostigamiento e intimidación en contra de miembros de organizaciones que defienden los derechos indígenas en el estado de Guerrero, como la OPIM, desde hace muchos años. El año pasado, por poner solamente un ejemplo, el Secretario y el Presidente de la Organización para el Futuro del Pueblo Mixteco (OFPM), otra organización de defensa de derechos humanos, fueron hallados muertos la noche del 20 de febrero de 2009 en el municipio de Tecoanapa, estado de Guerrero. Los cadáveres de los dos hombres estaban enterrados a treinta minutos en automóvil del lugar donde fueron secuestrados por hombres armados siete días antes. Los dos cuerpos fueron identificados por sus familias y presentaban señales claras de tortura.
En el caso de la OPIM, su labor de defensa de los derechos del pueblo tlapaneco ha derivado en duras represalias. Consecuente con uno de los patrones de actuación más recurrentes en los últimos años, cinco miembros de la OPIM fueron detenidos acusados de asesinato. En efecto, el 17 de abril de 2008, Manuel Cruz, Orlando Manzanares, Natalio Ortega, Romualdo Santiago y Raúl Hernández fueron detenidos y acusados del asesinato de Alejandro Feliciano García, acaecido el 1 de enero de 2008 en la comunidad de El Camalote, Estado de Guerrero. El ejército arrestó a los cinco integrantes de la OPIM cuando cruzaban un control militar de seguridad instalado habitualmente en la zona. Además, se emitieron órdenes de arresto contra otros 10 miembros de la OPIM en relación con el asesinato, pero ninguna llegó a ejecutarse.
En marzo de 2009, un año después de su injusto encarcelamiento, cuatro de los detenidos fueron puestos en libertad, debido a que los cargos fabricados no pudieron sostenerse ante el juez, quedando claro que el juicio en contra de estos defensores de los derechos humanos tenía una motivación política, estaba basado en evidencia fabricada y poco fiable y buscaba castigarlos por sus actividades legítimas de promoción y defensa de los derechos humanos de su comunidad. Susan Lee, Directora del Programa de las Américas de Amnistía Internacional, señaló que dicha liberación era un paso positivo debido a que “nunca hubo suficientes pruebas para justificar el encarcelamiento de estos indígenas defensores de los derechos humanos,” y reclamó al Estado Mexicano dar el siguiente, urgente paso: acabar con la detención y juicio injusto contra Raúl Hernández, el único detenido que aún continúa en prisión.
El gobierno mexicano, de manera particular el guerrerense, se ha mostrado sordo a este llamado. Queda cada vez más claro que la detención prolongada e injustificada de Raúl Hernández es parte de una serie de ataques y agresiones que buscan desarticular a la OPIM en represalia por los logros que han obtenido en la defensa legítima y activa de los derechos humanos de su pueblo. De ahí que la organización Amnistía Internacional lo haya nombrado “preso de conciencia”. Como parte del prolongado juicio, durante la visita de los representantes del Ministerio Público, de la defensa y del juez encargado del proceso a la escena del crimen, se evidenció que los dos testimonios en los cuales se basó la Procuraduría para la detención de Raúl Hernández no son fidedignos y por lo tanto deberían haber sido desechados.
Pero México parece seguir siendo el país donde todo puede lograrse, así sea contraviniendo las normas legales y pasando por encima de los derechos de las personas. Ahora resulta que las varias pruebas, incluidos testimonios de testigos presenciales que la defensa ha presentado, han sido ignorados por la Procuraduría General de Justicia del Estado de Guerrero. La Procuraduría insiste en dar solamente credibilidad a los dos testimonios a todas luces fabricados, en no agregar prueba adicional alguna para sostener la acusación, y, en no tener en cuenta la evidencia o los argumentos presentados por la defensa.
El pasado viernes 6 de agosto, la Procuraduría General de Justicia del Estado de Guerrero presentó conclusiones acusatorias contra Raúl Hernández, prolongando así los dos años y cuatro meses que este defensor de derechos humanos lleva privado de su libertad. Existe la posibilidad, el riesgo real, de que un defensor de derechos humanos sea condenado injustamente por un crimen que no cometió y en represalia por sus acciones legítimas a favor de los derechos humanos. Será ahora el juez quien tendrá que tomar la decisión sobre la situación de Raúl Hernández en los próximos días.
Es por eso que los representantes de Amnistía Internacional han enviado la semana pasada, el 16 de agosto, una carta a Felipe Calderón haciéndole un llamado para la inmediata e incondicional liberación de Raúl Hernández y señalando, después de un estudio detallado de los archivos ministeriales del caso, las graves fallas de que está plagada la conclusión acusatoria del ministerio público guerrerense. A esta noble acción quiere unirse esta columna semanal.
Colofón: Publico esta columna antes de llegado el fin de semana, porque me he enterado que el Juez debe dictaminar sobre la situación de Raúl Hernández el día de mañana.
En 1543, el año mismo de la muerte del autor, fue publicada la obra “De revolutionibus orbium coelestium”, de Nicolás Copérnico. Esta obra representó una ruptura con la ideología religiosa medieval, que sostenía que el ser humano era el centro de un cosmos cerrado y jerarquizado. El modelo heliocéntrico propuesto por Copérnico significó para sus contemporáneos el resquebrajamiento de la mentalidad dominante. Por eso suele usarse la expresión “revolución copernicana” cuando se habla de una transformación que implica un cambio de paradigma.
En la colaboración de la semana pasada mencionaba yo algunas de las ideas que sostienen y justifican el actual modelo de relación con la naturaleza, que nos ha llevado a una crisis ecológica de proporciones gravísimas. Insinuaba yo que, para enfrentar este problema a cabalidad, se hacía necesario pugnar, no solamente por remedios que atendiendo sólo a los síntomas no hacían más que prolongar y agudizar la crisis, sino por cambios sustanciales en el nivel de las ideas y las prácticas que nos permitan modificar, mientras hay tiempo para hacerlo, el paradigma dominante de la relación ser humano – naturaleza. Por eso es que hablo de revolución ecológica copernicana.
Pues bien, la Agenda Latinoamericana propone algunos cambios de actitud para llegar a una mentalidad ecológica integral o “profunda”, como muchos especialistas gustan de llamar. Simplificando, hago una lista:
– Buscar el bien, no sólo de los seres humanos, sino de toda vida, por su propio valor intrínseco.
– Privilegiar el cambio de estilo de vida, de autocomprensión de nosotros mismos y de valores éticos, por encima de acciones paliativas.
– Aplicarse a la ecología interior, es decir, aquella que no pretende solamente el cambio de la naturaleza, sino el cambio de la mentalidad humana frente a ella.
– Superar el antropocentrismo, que considera que todo existe en función del ser humano, para poner en el centro la vida (biocentrismo) y al ser humano en una valoración justa entre los demás seres.
– Reconsiderar la “supremacía” del ser humano que infravalora la naturaleza y lo coloca como su dueño y señor absoluto.
Las hondas raíces filosóficas y religiosas que subyacen a estas ideas, convierten a este cambio de paradigma en una auténtica revolución copernicana. Se trata de un cambio radical del lugar desde el cual miramos y entendemos las cosas. Acaso lo entenderemos mejor si apelamos a lo que ocurrió en la teología cristiana con el surgimiento de la teología de la liberación (TdL). La propuesta de la TdL era, justamente, que el teólogo (y el cristiano/a) cambiara su lugar social, es decir, que optara por los pobres, y no por el sistema y sus injustas normas, como el lugar desde el cual vivía y experimentaba su fe. Este cambio, que los filósofos llamarían “epistemológico”, produjo una nueva manera de vivir la fe, de relacionarse y organizarse, produjo prácticas propias en la pastoral y en la liturgia, una revisión y nueva acentuación de los contenidos de la fe, etc.
El reto ahora es mucho mayor. No se trata de un cambio de “lugar social”, sino un cambio de “lugar cósmico”. Hablamos de la superación de una mentalidad que nos ha acostumbrado a vernos a nosotros mismos como fuera de la naturaleza y por encima de ella. No nos consideramos naturales, sino sobre-naturales, lo que nos ha llevado a un desprecio de la historia cósmica, como si los 13.700 millones de años previos a la aparición del ser humano no significaran gran cosa. El cosmos soy yo, parece decir el ridículo dictador racional.
Para pasar de este antropocentrismo al nuevo paradigma, es necesario que comencemos a considerarnos cosmos, polvo de estrellas, naturaleza evolutiva, Tierra que, en nosotros, toma conciencia de sí misma. Esto implica muchas transformaciones. Menciono algunas:
– Un auto-destronamiento, que nos baje del endiosamiento en el que hemos puesto al ser humano y supere la incomunicación con la naturaleza.
– La superación del antropocentrismo para pasar al biocentrismo y la valoración de todas las formas de vida por sí mismas.
– Asumir que formamos parte de una historia cósmica de la que somos un resultado final, para aprender a valorar la nueva cosmología que la ciencia nos va develando y para evitar reducir la Historia, con mayúscula, a la historia de los últimos tres mil años.
– La revalorización de lo natural, superando la idea de que las cosas se estropearon primordialmente y que todo es “peligroso” para la supervivencia humana, lo que nos ha llevado a negar en la práctica, que todo, incluyendo el mundo material, el sexo y el placer, son bendiciones originales.
Estas transformaciones operarán en nosotros la revolución copernicana que se traducirá en acciones concretas para frenar y solucionar de manera definitiva el deterioro del ecosistema. Implica, como he señalado, comenzar a mirar las cosas desde el todo (la naturaleza) y dejar de mirarlas desde la parte (el ser humano). Aunque pueda parecer ocioso, es preciso recordarlo: la naturaleza se las arregla muy bien sin el ser humano, pero no viceversa. La visión que sostiene que es el ser humano el único portador de valores y de significado ha terminado por ponernos en guerra contra la naturaleza, y debe ser erradicada. No se trata de cuidar la naturaleza sólo porque nos interese o porque su descuido amenace nuestra vida, o por motivaciones económicas o en vista de la catástrofe que se avecina. Se trata más bien de una “conversión ecológica”, un cambio en nuestra mentalidad y nuestro estilo de vida e, incluso, en nuestra espiritualidad, volviendo a la naturaleza como Casa Común, de la que nos autoexiliamos. Es la única manera de dejar de ser los eternos Sísifos, empeñados en llevar la enorme piedra del “desarrollo” hacia alturas mayores, pero condenados a ser arrollados por ella.
Colofón: Esta columna no se publicará los lunes faltantes del mes de agosto. El columnista se toma unos días de reposo. Nos veremos aquí el lunes 6 de septiembre,
Hace cerca de quince años dio inicio el proyecto de la Escuela de Agricultura Ecológica “U Yits Ka’an”, de Maní. Recuerdo que en la sesión de inicio se proyectaba a los alumnos un vídeo que, aportando datos científicos, hacía referencia al deterioro generalizado del medio ambiente. La sentencia final del vídeo sonaba aterradora: le quedaba a la humanidad un arco de cincuenta años para revertir, con medidas de emergencia, dicho deterioro antes de la aparición de catástrofes que pondrían en riesgo severo la sobrevivencia de la especie humana. Los gobiernos de los Estados han rehusado tomar las medidas de emergencia necesarias. El arco temporal se ha reducido.
Aunque la preocupación ecológica ha ido extendiéndose en los diversos estratos de la sociedad, la mayor parte de las veces se queda en niveles bastante superficiales. Casi siempre se apunta a la curación de los síntomas, dejando de lado la enfermedad que los genera. Así, con muy buena intención, se piensa en medidas cuya finalidad termina en mantener los daños que el medio ambiente ha venido sufriendo, dentro de los límites soportables. Se pretende falazmente dar solución al problema ecológico apelando a la misma mentalidad que lo ha producido, con soluciones que no atajan el mal, sino que solamente lo prolongan.
La mentalidad ecológica superficial se preocupa de la contaminación y los desastres naturales. Y está bien que lo haga. Eso es necesario, pero no resuelve el problema de fondo. Es el modelo capitalista de relación con la naturaleza el que está en crisis. Es muy bueno que nos preocupemos por el cuidado de la naturaleza ahorrando energía, no dilapidando recursos, reparando en los costos ecológicos de las nuevas tecnologías, pero eso no es suficiente. Se necesita un cambio de ideas, de presupuestos filosóficos, de estilos de vida, de valores éticos, incluso de la autocomprensión que tenemos de nosotros mismos.
Por eso la Agenda Latinoamericana, que este año 2010 se dedica al tema ecológico con el lema “Salvémonos con el planeta”, insiste en la necesidad de que identifiquemos las ideas y representaciones que han posibilitado la depredación de la naturaleza que ha originado la actual crisis ecológica. Hay algunas ideas profundas en las que se sustenta nuestro modelo de civilización y de desarrollo y que configuran el tipo de relación que establecemos con la naturaleza, que deben ser urgentemente revisadas y cambiadas.
El viejo paradigma que hemos de superar, si aspiramos a sobrevivir junto con el planeta, sostiene una primacía absoluta a los criterios económicos y materiales para definir qué significa ser felices. Así, una idea inscrita en el subconsciente colectivo, es que no se puede vivir feliz, disfrutando de la vida, sin tener acceso a una multiplicidad de recursos externos, lo que conlleva un patrón de consumo insostenible.
Unido a esto, juega también un papel importante la extendida creencia de que se puede siempre seguir creciendo de manera ilimitada, tanto en lo económico y en el nivel de comodidad al que se pretende acceder, como en el número de personas que conformamos la especie humana. Se trata de una creencia que nos hace vivir como si no hubiera límites o no estuviéramos ya sobrepasándolos. En este sentido, si aplicáramos a la especie humana el análisis que aplicamos a otras especies, tendríamos que concluir que la actuación del ser humano haría que lo catalogáramos como una plaga depredadora.
Finalmente, insensibles a la complejidad del equilibrio de la vida en el planeta, nos manejamos por otra creencia más: que la tecnología y el crecimiento solucionarán todos los problemas, llegando al absurdo, como afirma la Agenda Latinoamericana, de vivir en “una economía que lo cuantifica todo… ¡menos los costos ecológicos!”.
Estas son algunas de las ideas que sustentan nuestra forma tradicional de ver el mundo y relacionarnos con los seres humanos y la naturaleza. Han sido justificadas e infundidas en nuestras mentes con razonamientos filosóficos y religiosos. El resultado es palpable: esta guerra contra la naturaleza, contra la biodiversidad, contra bosques y ríos, contra la atmósfera y los océanos… una guerra, huelga decirlo, en la que la especie humana está condenada al fracaso.
Enfrentar la crisis ecológica actual con el afán de resolverla implica, pues, un cambio radical en nuestra forma de relacionarnos con el planeta, de manera que podamos reconciliarnos con él. Las soluciones a la cuestión ecológica han de ser radicales, es decir, han de ir a la raíz. De lo contrario no resolveremos los problemas. Nos quedaremos, a lo más, en la curación de algunos síntomas, en el emparchamiento de la realidad, permitiendo que el problema principal, la causa, siga sin ser tocado.
En la segunda parte de este artículo, que publicaré en este mismo espacio la semana próxima, ofreceré algunas pistas de los cambios que se requieren para una actitud ecológica (o ecofílica) integral que nos permita llegar a una nueva comprensión del cosmos y de nosotros mismos como especie situada dentro de él.
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