Iglesia y Sociedad

La estatua y los pájaros

29 Jun , 2010  

“Yo he visto más de una vez mujeres que trabajan día y noche en tareas abrumadoras. Con violencia se las forzaba a entrar en un lugar, y ahí se las encerraba con los hijos que estaban criando, como si estuvieran condenadas a prisión. A causa del trabajo excesivo las mujeres preñadas padecen abortos; las madres lactantes no pueden amamantar lo suficiente a sus hijos. Los hombres encargados de tal obra tienen ocasión para ofender a Dios. Yo hablo como uno que sabe, pues yo he visto que tan injustamente se hace todo esto. Quienes exigen tal tributo, pecan, y están obligado restituir dondequiera que puedan”.

Estas son palabras de Fray Alonso Gutiérrez de la Vera Cruz. “Los hombres encargados de tal obra”, a quienes el fraile acusa, eran, ni más ni menos, los aventureros que llegaron de ultramar, paisanos del religioso denunciante, aventureros que escudándose tras el discurso religioso de la expansión del evangelio, vinieron a este continente para matar, saquear y despojar. No es Fray Alonso de la Vera Cruz el único testigo de las atrocidades cometidas en la invasión europea a este continente por quienes, empuñando la cruz y la espada, vinieron a apoderarse de tierras que no les pertenecían y a sojuzgar naciones con lujo de crueldad.

También Fray Bartolomé de Las Casas, al hacer suya la defensa de los pueblos originarios de estas tierras, nos relata:

“Los españoles entraron y conocieron a ovejas mansas, y no han hecho, de cuarenta años a esta fecha, hasta hoy, y hoy en este día lo hacen, sino despedazarlas, matarlas, angustiarlas, afligirlas, atormentarlas y destruirlas por las extrañas y nuevas maneras, nunca antes vistas ni leídas, de crueldad, de las cuales unas pocas se dirán abajo…

“En la isla española, que fue la primera… entraron los cristianos y comenzaron los grandes estragos y perdiciones para estas gentes… destruyeron y despoblaron, comenzando los cristianos a tomar mujeres e hijos a los indios para servirse y para usar mal de ellos, y comerles sus comidas que de sus sudores y trabajos salían… y tras muchas otras fuerzas y violencias y vejaciones que les hacían, comenzaron a entender los indios que aquellos hombres no debían de haber venido del cielo… Los cristianos les daban de bofetadas y puñadas y palos… y llegó a tanta temeridad y desvergüenza, que al señor de toda la isla, un capitán cristiano le violó por fuerza a su propia mujer…

“De aquí comenzaron los indios a buscar maneras de echar a los cristianos de sus tierras… éstos, con sus caballos y espadas y lanzas comenzaron a hacer matanzas y crueldades: entraban en los pueblos, no dejaban niños ni viejos, ni mujeres preñadas ni paridas que no desbarrigaran e hicieran pedazos… hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría el hombre por medio o le cortaba la cabeza de un piquete o le descubría las entrañas. Tomaban las criaturas de las tetas de sus madres y daban de cabeza con ellas en las peñas… hacían unas horcas largas, que juntasen casi los pies a tierra, y de trece en trece, en honor y reverencia de Nuestro Redentor y los doce apóstoles, les ponían leña y fuego y los quemaban vivos… Comúnmente mataban a los señores y nobles de esta manera: hacían unas parrillas de varas sobre horquetas y los ataban a ellas y les ponían por debajo fuego manso, para que poco a poco, dando alaridos en aquellos tormentos desesperados, se les salieran las almas… Yo vi todas las cosas arriba dichas y muchas otras…”

Estas y otras atrocidades cuentan los testigos oculares de la conquista. No obstante ello, una extendida y cultivada mentalidad ha hecho que en Yucatán los conquistadores, de manera difícilmente compresible, sean vistos como héroes a quienes debe rendírseles pleitesía y estarles eternamente agradecidos.

No hay hoy nadie que pueda argumentar desconocer las lindezas de las que nos hablan los frailes de la Vera Cruz y Las Casas. Se han convertido en historia conocida, incluso enseñada en las escuelas. Y cuando uno pensaría que una nueva conciencia ha sido sembrada con el conocimiento de estos antiguos testimonios de la crueldad de los conquistadores, surge un nuevo fraccionamiento que lleva su nombre o se les hace un monumento que resulta ofensivo para quienes, con dos dedos de frente, se preguntan quién o quiénes toman las decisiones sobre qué cosas poner arriba de un pedestal y cuáles tirar al bote de la basura de la historia.

No deja, sin embargo, de dolerme que haya tan poca reacción a este tipo de decisiones infamantes. Lo mismo ocurrió cuando se construyó un monumento a “las haciendas”, como si hubiera algo de qué enorgullecerse de esa triste, lastimosa etapa de disfrazada esclavitud de nuestra historia regional. Lo mismo sucede todavía hoy, cuando nos enteramos que en muchas comisarías los alcaldes imponen las autoridades a los pobladores, como si fueran menores de edad y, a las mismas personas que defienden a capa y espada su derecho al voto en cualquier casilla electoral, les parece lo más normal porque se trata de comunidades mayas.

Es vergonzoso que apenas hace tres años se haya reconocido en la constitución del estado la existencia del pueblo maya. Pero indigna aún más que tal precepto constitucional se haya quedado en una mera declaración y que hasta hoy no se haya creado ningún mecanismo para hacer operativa la autonomía a la que el pueblo maya tiene derecho. Un estado, constituido en más de 50% por integrantes del pueblo maya, tiene que soportar en su capital un monumento erigido en honor de quienes los sometieron y sojuzgaron, sentando las bases de una discriminación que perdura más de quinientos años después. Como si se pudiera hacer una celebración pública de la tortura y la esclavitud, que eso representan los Montejo, que fundaron una ciudad sobre la cruenta destrucción y ruina de otra.

Desde este rincón del ciberespacio lanzo, pues, una convocatoria. El próximo martes 12 de octubre de 2010 podemos hacer una manifestación en el inicio del Paseo de Montejo, para derribar la estatua que fue recientemente colocada para vergüenza de los que habitamos en estas tierras. Sin nuestro permiso la pusieron, sin el permiso de ellos la derribaremos. De julio a octubre habrá mucho tiempo para que esta invitación circule por la red, crezca la convocatoria y para que personas y organizaciones interesadas planeen los detalles para mejor realizar esa acción reivindicatoria. Como bien dijera el subcomandante Marcos: las estatuas son mudas e inmóviles, mientras que los pájaros son libres, y ya se sabe que los pájaros, de cuando en cuando, suelen cagar sobre las estatuas.

Iglesia y Sociedad

Roberto Luis Russell S.S. In memoriam.

21 Jun , 2010  

1. Tenía yo 12 años. Invitado por el P. Jorge Villanueva venía asistiendo desde hacía varios meses a los Domingos Bíblicos que tenían lugar en la Casa de la Cristiandad. Era un domingo de marzo de 1971. Habiendo pasado ya por los salones de Iniciación Bíblica, Reino de Dios y otros más, entré por primera vez al salón más grande del local. En la puerta había un letrero que señalaba: “Liturgia”. Adentro, un hombre de inconfundible acento gringo. Quedé impactado con su explicación de los textos de la misa dominical y aquellas frases, atrevidas para la época, que aseguraban que “el evangelio de Lucas no había sido escrito por Lucas, sino que era una obra comunitaria”.
Más tarde, mientras me enfilaba en la procesión para la Misa, lo miré a lo lejos, sentado en la sede. Cuando mi párroco, el P. Jorge, se acercó a saludarlo, el P. Russell se puso de pie para darle un abrazo. El hombre de acento gringo tenía un cuerpo de gigante. En mi estupor de niño estaba lejos aún de saber que tenía el alma todavía más grande.

2. Con 15 años cumplidos, podía yo irme sólo en autobús a donde quisiera. Me inscribí en el Colegio Bíblico Apostólico que, fundado por el P. Russell, funcionaba en la iglesia de la Sagrada Familia, en Cupules con la 62. Debido a mi temprana edad era yo tratado por todos como mascota de un equipo futbolero. Recorrí todos los cursos del colegio: Introducción a la Biblia, Reino de Dios, Profetas… En algunas ocasiones, el P. Russel hacía su aparición en el salón donde un agente laico (que casi siempre era laica) nos enseñaba. Con su presencia afinaba lo que se convirtió después en la característica de su movimiento bíblico: la íntima unión del estudio bíblico con la oración y el conocimiento de los grandes maestros de la vida espiritual. Su espiritualidad, sin embargo, era de una gran sobriedad. En tiempos en que los primeros soplos pentecostales comenzaban a sentirse dentro de la iglesia católica, una señora comentó en presencia del P. Russell, que había tenido una moción espiritual y que había escuchado, en el momento en que el sacerdote partía la hostia consagrada en la Misa, el quebrarse de los huesos de Jesús. El P. Russell escuchó con atención y sin decir una palabra dio la palabra a la siguiente persona que quería intervenir en el diálogo. Más tarde, le pregunté por qué no había hecho ningún comentario a la reflexión de aquella hermana. Con prudencia, me dijo solamente: “Bueno… no hay que exagerar”. Era 1973.

3. En 1980 el Padre Russel cumplió 25 años de ordenación sacerdotal. Yo estaba terminando el segundo año de teología en el seminario de Yucatán. Invitados por el Colegio Bíblico, tocó al coro del seminario preparar los cantos de su misa de aniversario. La misa habría de celebrarse el 4 de junio en la iglesia de la Sagrada Familia, todavía sede del Colegio. Preparábamos un canto especial que habíamos aprendido en la reciente III Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Puebla y que estaba dedicado a la Virgen de Guadalupe, uno de los grandes amores del P. Russell. Un día el P. Russell interrumpió nuestro ensayo para saludarnos. Después de darme algunas instrucciones en cuanto director del coro, lo vi caminar hacia Maruja, su incondicional colaboradora y organizadora de las fiestas de aniversario. No pude evitar escuchar un fragmento de su conversación. Maruja le explicaba al padre cuál sería el orden del festejo posterior a la Misa. El Padre Russell, después de escuchar con atención, le dijo: “Por favor, que nadie vaya a dar discursos en los que se me alabe. No saben ustedes lo devastadores que son para mí. Ustedes sólo ven las apariencias, pero mi amado Jesús y yo sabemos lo que hay de veras en mi interior… Sin alabanzas, por favor, que no saben ustedes cuánto me duelen…”.

4. En octubre de 2008 se celebró en la ciudad de Roma el Sínodo de Obispos dedicado a la palabra de Dios. En septiembre de ese mismo año fui a visitar al P. Russell, ya bastante delicado de salud. El objetivo de mi visita era doble: entregarle un ejemplar del más reciente de mis libros sobre las Cartas Católicas, y pedirle su bendición para mi viaje a Roma, a donde había sido yo invitado a unas labores de asesoría en ocasión del Sínodo. No ignoraba el padre mis dificultades más recientes con las autoridades eclesiásticas y se encargaba de recordarme siempre que él prefería irse al infierno con Pedro que al cielo sin él. El día de mi visita, el Padre estaba de muy buen talante. Agobiado por la enfermedad se dio tiempo de recibirme. Me entregó un paquete con materiales del Colegio Bíblico y de las congregaciones que había fundado para que yo hiciera el favor de entregarlos en la Santa Sede. Me comentó con alegría que el superior de los padres sulpicianos, congregación a las que él perteneció durante toda su vida, había sido invitado a participar en el Sínodo. Me auguró un buen viaje y me deseó éxito en el trabajo que iba yo a realizar en Roma y del que conversamos ampliamente. A la despedida le pedí su bendición. Cuando le besé la mano estaba lejos de saber que sería la última vez que mis ojos lo verían con vida.

5. Hace dos semanas llamé por teléfono al Padre Russell. Quería felicitarlo por su 55º aniversario sacerdotal pero temía que, dado su estado de salud, mi visita fuera inconveniente. El P. Melchor, su fiel discípulo y cuidador, y Maruja, estaban al lado de su cama. Me comunicaron por teléfono con él. Apenas tomó el auricular me saludó diciendo “Que Jesús sea amado por todos los corazones”, frase con la que, estoy seguro, debe haberse despedido de este mundo en su viaje a la casa del Padre. Conversamos algunos minutos. Me pidió mi bendición. Maruja cerró la llamada expresándome el gusto que el Padre Russell sentía cada vez que yo lo llamaba o lo visitaba. El devotamente agradecido por su amistad y su presencia en mi vida soy, desde luego, yo.

6. Es jueves 17 de junio de 2010. Estoy en la Escuela de Agricultura Ecológica “U Yits Ka’an” en Maní. Representantes de las distintas sub-sedes, de la dirección de la escuela y de las instituciones que participan en el proyecto, nos reunimos para hacer la evaluación semestral y analizar las fortalezas y debilidades de nuestro proyecto. En medio de esta fructífera reunión, recibo una noticia que me golpea: el deceso del Padre Roberto Russell S.S. Hay personas que han marcado mi vida desde la infancia. El Padre Russel fue una de ellas. El Padre Russel fue, sin duda, un hombre carismático en el recto sentido de la palabra. Habiendo llegado para ser profesor del seminario de Yucatán, terminó siendo animador del movimiento bíblico más amplio que haya registrado la iglesia católica yucateca en todos sus años de existencia. Eso es, para mí, ser un hombre carismático: descubrir una necesidad del pueblo y aplicar toda la energía y la creatividad disponibles para, impulsado por la fuerza del Espíritu, inventar soluciones creativas a los problemas que se descubren.

7. He escrito estas líneas profundamente conmovido. Junto con las y los miembros de los institutos religiosos que fundó, los integrantes de los colegios bíblicos por él fundados y dispersos por la geografía nacional e internacional, con los innumerables lectores y lectoras de la revista “Biblia y Vida Litúrgica” que durante tantos años dirigió, lamento profundamente su partida. El Padre Russell fue, sin duda, un hombre tocado por Dios, un místico. Ahora goza en plenitud de aquel estado que, como entre sombras, alcanzó a vislumbrar en este mundo. Su innovador trabajo apostólico y su espíritu contemplativo, son dones que la iglesia católica yucateca no debería olvidar nunca.

Colofón: Todo huele a muerte en estos días. No es solamente el Padre Russell, son también Saramago y Monsiváis. Me asombra cuánta orfandad puede acumularse en el corazón…

Iglesia y Sociedad

Un disco, un libro, una comunidad

14 Jun , 2010  

El agorero de desastres, profeta de desventuras, descansa hoy. Entre las noticias salpicadas de sangre con que se llenan los periódicos y la evasión que se viste de patriota cursilería y patea balones en canchas africanas, quiero compartir hoy, con los pacientes lectores y lectoras que decidan despegarse de las pantallas futboleras para echar un vistazo a esta columna, tres experiencias que hicieron que esta semana no me pareciera, como tantas otras, una semana perdida. Tres regalos en una misma semana.

Silvio Rodríguez Domínguez

Soy silviófilo. Lo saben quienes me conocen. He rehecho al menos en cuatro ocasiones la colección completa de los discos oficiales del cantautor y cuento también con grabaciones no comerciales de algunas de sus presentaciones juveniles, incluyendo una grabación inencontrable que gentilmente me regalara el maestro Pedro Carlos Herrera, director de la Orquesta Típica Yucalpetén, también él silviófilo y serratiano, y que contiene ese raro ejemplar danzonesco llamado ‘Imaginada’, que alguna vez Angélica Balado interpretara en el Peón Contreras en un homenaje al compositor cubano. Mi compulsión por poseer todo el registro de las canciones de Silvio Rodríguez ha resistido robos, préstamos sin retorno (que no es lo mismo, pero es igual), descuidos, extravíos…

Por fin tengo entre mis manos su disco más reciente. Se llama “Segunda Cita”, en una obvia referencia a su disco anterior “Cita con los ángeles”, del que lo separa solamente la edición de su disco doble “Érase que se era”, una especie de reanimación de antiguas canciones suyas que no habían pasado nunca de la guitarra al disco. Puede decirse entonces que “Segunda Cita” representa la continuación de una referencia simbólica a los ángeles, quizá por última ocasión, a juzgar por la frase de la canción que da nombre al disco: ‘Quisiera dar vuelta a la rueda / que para en lo mismo; / un simple mortal que se juega / abismo y abismo. / Y, antes de darle al perchero / mis alas de atrezo, / quisiera dejar como fuero / certeza y progreso’.

Salvo dos canciones (‘Demasiado’ y ‘Bendita’), las piezas contenidas en este disco son recientes, la mayor parte de ellas escritas en 2008. Como es su costumbre, Silvio eleva el ejercicio de la política al lenguaje erótico y poético. En la canción ‘Sea, Señora’ habla con autocrítica sobre el proceso revolucionario y sus actuales condicionamientos. La petición le sale del alma: “a desencanto, opóngase deseo. / Superen la erre de revolución. / Restauren lo decrépito que veo”, y como haciendo un guiño a sus feroces críticos, el compositor cubano señala: “Las fronteras son alas sin coraje. Quiero que conste de una vez aquí. / Cuando las alas se vuelven herrajes / es hora de volver a hacer el viaje / a la semilla de José Martí”.

Amado y odiado, Silvio Rodríguez es hasta hoy referencia ineludible de la música cubana. Convencido de que su juventud es cosa del pasado (y las fotografías del cuadernillo que acompañan al disco se nos aporrean en los ojos como testimonio incontestable), algo de la sensatez que sólo da el paso del tiempo tienen algunas canciones de este disco. Bien lo señala en la canción ‘Trovador antiguo’ cuando dice: “Ahora soy de la memoria, / ahora pertenezco al viento; / otro dirá en su momento / si fui más pena que gloria. / Lo que fue nuevo, es historia…”. ¿No suena, acaso, un poco, a nuestro José Emilio Pacheco?

José Emilio Pacheco

El pensamiento vuela al segundo regalo que la semana que acaba de pasar dejó en mis manos. Poeta del derrumbe, de la fugacidad del tiempo, insomne vigía de nuestra propia destrucción, José Emilio Pacheco ha cumplido ya setenta años. Esta columna lo celebró el 29 de junio de 2009 cuando, a propósito del centenario de Darwin, transcribí aquí tres poemas de Pacheco que hacían relación al autor de la teoría de la evolución. Pues bien, en ocasión de sus setenta años, Ediciones Era y el Colegio Nacional han publicado “Como la lluvia”, el más reciente libro del poeta.

Como generosa matrioska, la obra nos ofrece en su interior cinco libros distintos entre sí: ‘Los personajes del drama’, poemas que retratan pequeñas, dramáticas historias. ‘Como si nada’, poemas breves, algunos brevísimos, cincelados en la tradición de los epigramas griegos o los haikús japoneses. ‘El mar no tiene dioses’, poemas disímbolos que, en ocasiones, se agrupan temáticamente. ‘Celebraciones y homenajes’, poemas hechos para celebrar a otros artistas entre los que destacan Safo, Rubén Darío, Francisco Toledo y Hugo Gutiérrez Vega. Y, finalmente, ‘Los días que no se nombran’, donde está de regreso el poeta con sus reflexiones sobre la caducidad, la enfermedad, el paso del tiempo, la muerte.

Quizá no haya mejor atisbo al contenido de este libro, como todos los de Pacheco, tan desgarradoramente humano, que la observación que hace del mundo de una pequeña con autismo y que retrata en el poema ‘El viento en los metales’. Se trata de una imagen que nos revela, a partir de una realidad concreta, el mapa de nuestra incapacidad de comunicarnos. Dice el poeta: “Poema del silencio su discurso, / Discurso del silencio su poema. / ¿Qué traduzco / si no tengo la clave?”.

San Antonio Chemax

Año con año, la comunidad de Xcanatún realiza una tradicional, surrealista peregrinación. Hombres y mujeres, niñas/os y ancianas/os, caminan hacia sus orígenes. Como en el cuento de Carpentier, hacen el viaje a la semilla. Sí, Xcanatún encuentra sus raíces en este pueblo abandonado, dejado atrás por el tiempo y el progreso, pero que entre sus ruinas esconde el misterio de su originalidad (¿o habría que decir ‘origenalidad’?).

Cada 13 de junio es transportada, desde Xcanatún hasta San Antonio Chemax, la imagen del santo nacido en Lisboa, pero más conocido en el mundo de habla hispana por el lugar en el que vivió y murió, la italiana ciudad de Padua. Cerca de tres kilómetros de romería que año con año recorren centenares de habitantes de Xcanatún y sus familiares. En el lugar, la misa y la novena en honor del santo. En las mentes y los corazones, el apego por la tierra, la fiesta de los orígenes, las raíces de la identidad. En este rito anual la comunidad se reencuentra consigo misma.

Uno se extraña de encontrar tanta calle pavimentada en el transcurso de la peregrinación. Pasto de ambiciones y corrupción, los campos que se extienden entre Xcanatún y Dzibichaltún están ya todos fraccionados, y de estos despojos ejidales han sacado provecho, dice la vox populi, connotados políticos panistas de la administración anterior. Huellas de desprecio por las tradiciones de las familias de los otrora ejidatarios aparecen a la vista de quien por allá cruce: muros grades que se extienden cercando propiedades, interrupción de antiguos caminos por la insolencia de quien, con el poder del dinero, convierte en privado lo que siempre fue público.

En medio de este ejemplo de depredador neoliberalismo, que para sorpresa de los analistas puede asumir colores patrios, azules, naranjas o amarillos sin mucha distinción, la tenacidad de un pueblo que conserva la memoria, que rehúsa olvidarse de sí mismo para perderse en una masa informe, que valora su pasado y expresa en simbolismos religiosos el amor por sus raíces, es, sin duda, una buena noticia. No dejo de agradecerle a Dios el honor de haber sido testigo de esta terca resistencia.

Iglesia y Sociedad

Sara, Joaquín y Guadalupe… ¡Libres!

7 Jun , 2010  

Hace apenas un mes, el 3 de mayo pasado, daba yo la noticia aquí del premio nacional de derechos humanos “Sergio Méndez Arceo”, que fue concedido a Sara López y sus compañeros, prisioneros de conciencia, recluidos en el CERESO de Kobén, Campeche, debido a lucha que llevan adelante en contra de las altas tarifas de energía eléctrica.

Mencionaba yo en esa entrega que desde noviembre de 2008 Sara López, Joaquín Aguilar y Guadalupe Borja habían sido acusados por la CFE de “privación ilegal de la libertad” de un funcionario público e “impedimento para la realización de un servicio público”, cuando en realidad el funcionario les había acompañado a supervisar la reconexión del servicio.

Debido a esa acusación Sara López fue detenida el 10 de julio de 2009, junto con su esposo Joaquín, don Guadalupe Borja y dos integrantes del más del Movimiento de resistencia contra las altas tarifas de la energía eléctrica de Candelaria. Señalaba yo, por último, que la detención de los activistas mostraba el grado de complicidad de la Procuraduría General de la República con la CFE, debido a que, a pesar de que en enero de 2010 un magistrado federal había determinado que la evidencia contra los detenidos era insustancial por lo que tenían que reclasificarse los delitos o ser puestos en libertad inmediata, la PGR seguía insistiendo en obstaculizar la liberación apelando dicha resolución ante el Tribunal colegiado en materia penal y administrativa del décimo cuarto circuito, con sede en Mérida, Yucatán.

Pues bien, después de once meses de prisión, los activistas de Candelaria han sido puestos en libertad. El Tribunal Colegiado terminó confirmando la determinación del magistrado federal y reclasificó el delito, de manera que los presos de conciencia pudieron obtener la libertad bajo fianza y ahora continuarán enfrentando en libertad el proceso que la PGR insiste en esgrimir contra ellos para criminalizar la lucha social que han desarrollado en Candelaria, Campeche, para defender sus derechos y denunciar los abusos que la CFE comete en contra de la precaria economía de sus familias. El caso no está cerrado y sobre los activistas pesa la amenaza de un nuevo auto de formal prisión contra el que tendrán que ampararse. Por eso la organización Amnistía Internacional ha instado a la PGR a revisar inmediata e imparcialmente la acusación y las pruebas presentadas contra los tres para que se acabe este proceso infundado e injusto, exigencia a la que este humilde articulista se une.

La noticia de la liberación de Sara y sus compañeros es motivo de gran alegría. No solamente porque los luchadores sociales podrán ahora reunirse con sus familias y defender sus derechos sin los obstáculos añadidos por el encarcelamiento, sino porque este caso se une a otros más (particularmente los casos de las indígenas Jacinta, Teresa y Alberta, que estuvieron cuatro años recluidas en un penal del Altiplano debido a una acusación parecida, la de haber secuestrado a seis agentes de la desaparecida AFI, y que recientemente fueron también liberadas) que van mostrando la sinrazón de un gobierno que utiliza la procuración y administración de justicia no para defender los derechos de los ciudadanos y ciudadanas, sino para amedrentar a quienes manifiesten algún desacuerdo con las políticas gubernamentales y desactivar cualquier foco de protesta en contra de funcionarios gubernamentales. En Yucatán, hemos tenido recientemente una muestra de tal utilización facciosa de los órganos de justicia con los amañados enjuiciamientos de algunas víctimas del pasado proceso electoral, procesos en los que, a decir de las víctimas, los encargados del orden habrían recurrido al ominoso delito de tortura. Por eso la liberación de Sara y sus compañeros es noticia de resonancia para todos.

Porque hasta las mentiras oficiales mejor montadas terminan cayendo si la atención solidaria de la sociedad civil no quita el dedo del renglón. Así fue en el caso de don Ricardo Ucán, así fue con las indígenas otomíes a que he hecho referencia, así será, no me cabe duda, con los activistas de Candelaria recientemente liberados.

Son contados los medios de comunicación que reparan en estas, para ellos, nimiedades. La mayor parte de ellos no se han dado por enterados de la liberación de Sara y sus compañeros. ¿Qué importancia pueden tener tres personas que padecían cárcel en una oscura mazmorra del penal de Kobén? ¿Dónde queda Kobén?… Para quienes, en cambio, pensamos que el cambio radical que necesitamos, tanto en la manera de gobernar como en las estructuras económicas y sociales que padecemos, vendrá de un esfuerzo múltiple de organización de los movimientos sociales de abajo y a la izquierda, la salida de Sara, Joaquín y Guadalupe son una muy buena noticia y augurio de lo que una lucha justa puede ir alcanzando a pesar de la obstinada criminalización con que el gobierno intenta desactivar los incontables focos de inconformidad que se extienden a lo largo y ancho de todo el país.

El silencio distraído de muchos medios de comunicación me recuerda lo que una investigadora de la historia me comentó después de revisar las publicaciones periódicas de los primeros días del mes de noviembre de 1910 en la capital mexicana: casi todos los periódicos hablaban de los edificios recientemente inaugurados por el sistema porfirista. Confiados en la permanencia de don Porfirio en la silla presidencial y su control absoluto, hubo muy pocos que supieron leer los entretelones de la historia. La revolución les estalló sorpresivamente algunos días después.

Colofón: Era bola cantada. El presidente de la CODHEY ha sido ratificado en su cargo. A pesar de la exposición en tribuna por parte de una diputada de las inconformidades manifestadas y documentadas por diversas organizaciones civiles, los legisladores/as confirmaron al funcionario. Y después de quejan de que la gente ya no vaya a votar…

Colofón 2: ¿Con qué cara se manifiesta el gobierno federal en contra del ataque israelí a la flota humanitaria que llevaba ayuda a Gaza, después de lo que pasó (¡y sigue pasando!) en Copala, Oaxaca? A eso se llama caradura…