Algunos amigos y amigas me han pedido una palabra a propósito de la crisis por la que pasa actualmente la iglesia católica debida, en parte, a los delitos sexuales en que se han visto involucrados sacerdotes católicos en diversas partes del mundo. Ahora que el escándalo ha llamado a las puertas de la misma iglesia de Yucatán, he sentido que, en medio del dolor y la indignación, aun cuando no tenga las cosas del todo claras en mi interior, es necesario que yo haga un primer corte de caja con mis sentimientos y mis convicciones respecto a esta dolorosa crisis. Tómense, pues, mis palabras como provisionales, a la espera de nuevos datos que terminen de configurar la crisis y haya mayor claridad en las respuestas que la iglesia institucional viene dando.
Respecto de los hechos
Me siento profundamente avergonzado. No solamente por el escándalo que significa el abuso sexual de menores, sino por todo lo que estos hechos han desnudado: una institución al servicio de sí misma, cubriendo delincuentes, ocultando la verdad, manteniéndose lejana de las víctimas mientras protegía a los victimarios. Nada más ajeno a la misión que Jesús encomendó a sus discípulos y discípulas. Nada más parecido a aquello que Jesús más detestaba y no se cansó nunca de denunciar: el abuso del poder religioso para dañar, lastimar, herir a los más indefensos.
Es el encumbramiento lo que me resulta verdaderamente escandaloso, porque va mucho más allá de los delitos personales de algunos ministros infieles y muestra una institución que se ha negado de manera contumaz a confrontarse con la doctrina de los derechos humanos, plataforma que los seres humanos hemos ido construyendo con mucho esfuerzo para normar nuestras relaciones y garantizar vida justa y plena para todos y todas.
Las primeras reacciones públicas de algunos jerarcas no han hecho sino sembrar mayor desazón entre los católicos y católicas. Hablar de campañas de odio, tratar de convertir a las víctimas en victimarios, echar la culpa a la educación sexual, insistir en la represión sexual como vía de salida, encerrarse en el silencio ante la exigencia de los fieles, es abordar el problema desde una actitud que queda bien definida con el adjetivo usado en España: caradura.
En las más altas esferas parecen comenzar a darse cuenta de la gravedad de la crisis. La presión de la opinión pública comienza a tener frutos. La decisión del Papa de promover una limpieza que ha hecho ya caer a varios prelados de alta investidura, la manifestada promesa (que ojalá fuera obedecida por todos los obispos del mundo) de hacer que los delincuentes sexuales asuman su responsabilidad ante las autoridades civiles, marcan algunas pocas luces en el camino. No hay que escatimarles el mérito.
Respecto de la reforma que se necesita
Cuando traté en este mismo espacio el caso del fundador de los Legionarios de Cristo, en buena parte detonador de esta ola de revelaciones, decía yo: “La tarea pendiente hoy es, justamente, la reforma de la iglesia (11 de mayo de 2009)… Lo cierto es que en cada vez más corazones crece el clamor: reforma, reforma, reforma (15 de marzo de 2010)”. Hoy se han multiplicado manifiestos de muchos grupos de fieles y teólogos/as, que exigen esta reforma a fondo.
Vía los escándalos sexuales (que todo sirve para el bien de los que aman a Dios, decía san Pablo) estamos llegando a identificar algunos de los males que han ido alejando a la iglesia de sus raíces evangélicas. El paso inmediato, es cierto, será establecer mecanismos para que la pederastia y todo tipo de delitos sexuales no vuelvan a ser tolerados ni encubiertos. Pero terminar solamente en esto sería como solucionar solamente el síntoma sin atacar la enfermedad.
Ha llegado la hora de revisar la visión misma de sexualidad que la iglesia mantiene y que la ha enfermado. La fobia al placer, la criminalización de la diversidad, la culpabilización del uso del cuerpo, son aspectos que deberán ser discutidos dentro de la iglesia en busca de nuevos consensos, más apegados a los criterios aportados por las ciencias sociales y más animados por los principios evangélicos y menos por prejuicios largamente sostenidos.
La crisis actual nos enfrenta también con otra asignatura pendiente: la organización estructural del uso del poder dentro de la iglesia. La renovación conciliar tiene que dejar de ser obstaculizada, el principio de igualdad de todos los hijos e hijas de Dios dentro de la iglesia debe ser concretizado en cambios estructurales, la igualdad de género ha de tomar carta de ciudadanía dentro de la iglesia en todos sus niveles de organización y toma de decisiones. Es hora de democratizar la convivencia eclesial, de abandonar los esquemas monárquicos de gobierno, de demostrar con hechos lo que la renovación conciliar había venido a recordarnos: que todos y todas tenemos en la iglesia la misma dignidad y la misma misión.
El encubrimiento de Marcial Maciel sería impensable sin el enorme poder económico que su obra llegó a acumular. Este hecho nos lleva a otro pendiente de la reforma que viene y que la teología de la liberación (perseguida encarnizadamente, por cierto, como bien hace ver la lúcida reflexión del teólogo Pablo Richards, por los mismos jerarcas encubridores de pederastas) no había dejado de señalar: una iglesia pobre al servicio de los pobres. Una iglesia en la que el dinero termina por convertirse en la “prioridad apostólica”, no es la iglesia de Cristo.
Hablemos de la esperanza
Muchas personas, las más de las veces con buena intención, me han recomendado que yo abandone la iglesia. Yo mismo, en mis a veces depresivas reflexiones, me he planteado esa posibilidad. Reconozco que la fidelidad al evangelio no pasa exclusivamente por la pertenencia a una iglesia determinada. Pero las ganas de abandonar la iglesia se me esfuman cuando dejo de mirar hacia arriba y miro hacia abajo y a la izquierda. Decido permanecer en la iglesia, en rebelde fidelidad, cuando miro el trabajo de la iglesia muy otra: de Indignación y su batalla por los derechos humanos, la lucha contra la discriminación del Oasis de san Juan de Dios, la entrega generosa de varias órdenes religiosas, las voces críticas de algunos grupos juveniles, el trabajo a favor del medio ambiente de la escuela U Yits Ka’an, la fe sencilla de muchas comunidades pobres, la heroica resistencia del movimiento de teología india mayense, el arrojo profético de don Raúl Vera…
Llegará el día en que la iglesia será una casa de hermandad, abierta para todos y todas; una comunidad cuya única riqueza será el evangelio compartido en la mesa de la Eucaristía; una asamblea de creyentes desnuda de poder, en la que contará la voz de cada uno/a; un espejo en el que se refleje la compasión de Dios manifestada en Jesucristo. Del pozo de la más oscura crisis estoy dispuesto a sacar el agua de la esperanza. Por esta iglesia quiero trabajar. A la construcción de esta comunidad dedicaré mis fuerzas. Y eso implica, con los riesgos que esto conlleva, un empeño abierto en desmantelar, a fuerza de evangelio y autocrítica, (metanoia, le llamaban los hagiógrafos) la iglesia del poder y del dinero, la del encubrimiento y la monarquía. Que así sea…
El próximo jueves 22 de abril es el Día de la Tierra. En todo el mundo habrá actividades para reforzar la naciente conciencia de que vivimos en un espacio común, que depende de la responsabilidad de todos y todas. El deterioro del medio ambiente es palpable. No voy aquí a meterme en la discusión –que a veces me parece bizantina– sobre si la degradación medioambiental es producto del azar, de calendarios climáticos que desconocemos o de la depredación por parte de la especie humana.
Ante la inmensidad del tiempo y el espacio, tal como los descubrimientos científicos nos corroboran, yo le auguro una larga vida al planeta tierra en esta fiesta de su “cumpleaños”. Lamento, sin embargo, que la especie humana esté empeñada en hacer que el planeta pase, a fuerza de desequilibrios ambientales provocados, a convertirse en un ambiente hostil. Cada quien cosecha lo que siembra, y los seres humanos hemos sembrado destrucción cada vez que hemos podido hacerlo, motivados por ilusiones de poder y lucro.
Aunque ya he señalado en este mismo espacio que el antropocentrismo, pecado ecológico si lo hay, es inherente a los textos religiosos fundantes de las religiones judeocristianas, me asomo de nuevo al segundo relato de la creación en la Biblia para reflexionar en ocasión del Día de la Tierra.
En el libro del Génesis hay dos relatos distintos de la creación, cada uno de época distinta y con diferentes motivaciones teológicas. En el segundo relato (Gen 2) aparece la imagen de Dios, creando al ser humano del polvo de la tierra (Gen 2,7). La vida del ser humano está íntimamente ligada a la tierra, de la que viene su alimento y su vida y a la que vuelve cuando la muerte llega. Por eso la Biblia usa la imagen de Dios como alfarero. La misma palabra hebrea que se usa para decir “ser humano” es ADAM, vocablo que viene de ADAMÁH, que quiere decir tierra. El ser humano es, por definición, “terroso”, el que fue hecho del polvo de la tierra.
El segundo relato de la creación menciona también, en términos simbólicos, el dominio del ser humano sobre los animales, cuando lo muestra poniéndole nombre a cada uno de ellos. A Eva, en cambio, no puede ponerle nombre, porque no es suya. Lo único que puede hacer ante un ser de su misma dignidad, es darle el propio nombre. Adán es ISH, Eva es ISHA, hombre/hembra, varón/varona. San Agustín de Hipona, obispo cartaginés del siglo V, en una predicación sobre el relato del Génesis afirma que la mujer fue tomada de la costilla del varón y no de un hueso del cráneo, para que la mujer no mandara sobre el varón. No fue tomada de un hueso de los pies, para que no fuera ella la dominada por el hombre. Fue tomada de la costilla porque es el hueso más cercano al corazón, para que la relación entre los sexos no fuera de dominio, sino de amor. Es importante recordar esto porque, al leer el texto del Génesis, se puede leer machistamente (“la mujer no es más que la costilla del varón”) un texto que contiene una virtualidad de equidad de género que puede rescatarse.
Pero volvamos a nuestro tema. La comparación de Dios como alfarero aparece muchas veces en la Biblia. Esta misma concepción es la que se esconde detrás de una expresión usada en muchas culturas antiguas: la tierra es nuestra madre. La Biblia lo menciona algunas veces (Sirácides 40,1: Job 1,21). Los pueblos originarios de nuestro continente, entre ellos el pueblo maya, tienen muchas expresiones en esta dirección. Los quechuas lo expresan en el título “Pacha Mama” que le dan a Dios, representándolo como un gran seno materno fecundo, que cobija a todos los seres vivientes y les proporciona el alimento necesario para todos. Pero también tiene represalias cuando no se cumple con sus exigencias.
Este sentido de respeto permanece vivo en los campesinos y campesinas mayas. Entre nosotros hay ceremonias para pedir permiso a los “yuumes” o dueños de la tierra antes de cultivarla o de construir algo sobre ella.
Para enriquecer la reflexión bíblica les propongo aquí dos expresiones más recientes de este respeto hacia la tierra. La primera está tomada de la cultura zapoteca y es contada por Carlos Montemayor: “En una canción zapoteca decimos que cuando se va a desbrozar un cerro antes de la siembra hay que cantar: tierra, no te levantes y caigas sobre mí. Y es que cuando se quitan las yerbas y piedras de la tierra, uno le pide permiso antes, porque se le puede lastimar. Como si le quitara usted algo, entonces uno le pide a usted que no se moleste. Algo así como no te vayas a enojar, tierra, conmigo, si llego a lastimarte por una raíz, o con el machete o con el arado, perdóname. Porque nosotros creemos que cuando llega una serpiente o un tigre, o algo así, que pueda herir o matar a una persona, es como si la tierra lo mandara. Y decimos que la tierra se levantó, que nos arrojó eso, que nos mandó esa plaga. Por eso le pedimos ‘no te levantes contra nosotros, tierra’, pero en zapoteco”.
La segunda expresión es un hermoso poema de un grupo indígena brasileño: “Todo lo que hiere la tierra, hiere también a los hijos de la tierra. / El indio es el hijo de la tierra. / La tierra es nuestra vida y nuestra libertad. / Los grandes señores de la tierra no comprenden al pueblo indio porque esclavizan a la propia tierra. / Son extraños que llegan por la noche para robar a la tierra todo cuanto quieren. / La tierra no es su hermana, es su enemiga. / Para ellos un pedazo de tierra es igual a otro / Su lucro empobrecerá a la tierra y ellos dejarán tras de sí mismos la arena cansada de los desiertos. / La fuerza del pueblo indio es amar y defender la tierra hermana. / Ella es de todos los hombres y las mujeres. / ¿Quién tiene derecho a vender a la madre de toda la humanidad? / La tierra es nuestra vida y nuestra libertad. / El indio sin tierra es como el tronco sin raíces a la orilla del campo. / Todo el que hiere a la tierra, hiere también a los hijos de la tierra. / Todo el que roba a la tierra, roba también a los hijos de la tierra…”
El culto a la madre tierra ha sido considerado muchas veces como contrario a la fe cristiana. No comulgo con esa idea. No es una idolatría, sino una manera ritual de agradecer a Dios por el don de la tierra y de manifestar nuestro respeto por ella. Ver a la tierra como madre es signo de la resistencia de los campesinos y campesinas contra la cultura dominante que la ve sólo como mercancía. El trabajo de la tierra necesita de armonía y reciprocidad con la tierra. Sólo así el trabajo del campo será un lugar de encuentro con Dios. Aunque el capitalismo considere a la tierra solamente como un factor de la producción, una mercancía de compra venta, nosotros cultivamos nuestro aprecio reverencial por la tierra, porque así evitamos que se rompa la íntima relación que tenemos con ella. La visión maya, quechua, zapoteca, está más cerca del mensaje bíblico que las concepciones materialistas y comercializadas que desprecian el sagrado lazo que existe entre los seres humanos y la tierra.
Este jueves 22 de abril, la Escuela de Agricultura Ecológica «U Yits Ka’an» de Maní celebrará el Día de la Tierra en su local del kilómetro 2 de la carretera Maní-Dzan. Estarán los alumnos y alumnas de todas sus subsedes. Quedan atentamente invitados/as.
He decidido no votar este próximo 16 de mayo.
No tiene nada que ver con algún partido político en particular. Más bien tendría que ver con todos ellos. No simpatizo con ninguno de los partidos que participan en la contienda que viene y, aunque tengo matices en mi personal juicio sobre ellos, todos me parecen repulsivos (iba a escribir: “igualmente repulsivos”, pero no es cierto. El Verde me parece mucho más repulsivo que los demás, pero esa es otra discusión…).
El pensamiento político con el que me identifico no tiene representación partidista. A pesar de ello, he ido a la mesa de votación desde que cumplí los 18 años (antes de la reforma de ley que permitió a los ministros de culto ejercitar su derecho al voto, acudí meta-legalmente, por decirlo de alguna manera) hasta las pasadas elecciones. Así que no puede decirse que mi decisión esté motivada por tal o cual desaguisado de alguno de los partidos contendientes.
Tampoco tiene que ver con una mala valoración de la democracia representativa. Junto con muchas personas y organizaciones sociales en todo el país, dediqué mucho tiempo de mi vida a construir el órgano independiente que pudiera garantizar elecciones limpias y creíbles. A cada nueva trampa respondíamos con un nuevo candado. Convertimos así a la democracia electoral mexicana en la más cara del mundo pero, así lo pensábamos, en la más segura. En mi caso particular, hasta recibí golpes en la esquina de la 57 con 62, mientras formaba parte de una misión civil de observación, por parte de un fanático defensor de los vándalos que mantuvieron secuestrada la sede del entonces IEEY con el objeto de que el gobernador Víctor Cervera Pacheco tuviera un órgano electoral a modo, que le permitiera realizar sus tropelías sin consecuencias. Al final el sátrapa fue doblegado por una decisión de orden federal, pero a mí se me inició un proceso por parte de la Secretaría de Gobernación. Y este elenco abreviado de agravios recibidos (todavía conservo los recortes de las infamias que cierta prensa mercenaria publicó en mi contra) es solo para evitar que alguien me acuse de no valorar la democracia representativa ahora que he tomado la decisión de no votar.
Nada tiene que ver tampoco mi decisión con los actuales candidatos a las alcaldías y las diputaciones. Podrían ser otros, más honestos o más idóneos, y de todas maneras me mantendría en mi decisión. El asunto no es, pues, ni de partidos, ni de candidatos/as.
Es simplemente que he llegado a la conclusión, a mis casi 52 años de edad y gracias –debo reconocerlo– al pensamiento zapatista, de que en este país funcionan dos relojes. Uno, el de arriba a la derecha, se rige por los procesos electorales. Esos procesos que permiten, por ejemplo, al duopolio televisivo, poder fáctico si los hay, mantener sus privilegios a partir de diputados cuya tarea única es defender los derechos de Televisa y TV Azteca (tan enemigos en la farándula y la frivolidad, pero tan amigos cuando de evitar la sana competencia se trata…): la tristemente célebre “telebancada”, tan identificados ellos que sólo pueden sobrevivir embozados en el cinismo. El mismo reloj que reparte canonjías y convierte las oficinas gubernamentales en agencias de empleos millonarios, mientras el estado lleva más de cuatro sexenios punteando en la bochornosa lista de entidades con mayor índice de pobreza y desnutrición infantil. Un estado lleno de funcionarios públicos con sueldos insultantes en un estado de profundas desigualdades.
Abajo, en cambio, abajo y a la izquierda, funciona otro reloj, el de la construcción de otra democracia. No pasa este intento por los grandes y oscuros salones de la partidocracia, sino por la luminosa organización, paciente y laboriosa, de quienes sueñan y se desgastan por pan, justicia, techo, trabajo, libertad y democracia participativa. Los he visto con mis propios ojos: indígenas, mujeres, gays, enfermos de SIDA, excluidos todos pero construyendo desde los márgenes un nuevo modo de exigir y gobernar. Ellos y ellas son la opción de cambio democrático que me convence.
No sé cuánto tiempo me quede de vida. 52 años es un buen tramo recorrido. Cada vez me queda menos tiempo y debo, cada vez, afinar mi visión y reorientar mis decisiones. He decidido dejar de lado el reloj de arriba a la derecha. Hay cierta tristeza en mi decisión y cierto cansancio. Acaso un poco de burguesa nostalgia. Pero creo humildemente que uno tiene que crecer aunque ya haya llegado al medio siglo de vida, y que la oferta de la partidocracia –que tiene, créanme, sus días contados– es absolutamente banal comparado con lo que he venido descubriendo en el reloj muy otro… Soy adherente a la Sexta Declaración de la Selva Lacandona y a la Otra Campaña. Aunque sigo caminando a tientas, mi rumbo político se aclara cada día más. Este 16 de mayo no iré a votar, por hartazgo, sí, pero también porque este país tiene otras posibilidades que no pasan por el filtro del poder y que ya nacen, están naciendo, si uno tiene la capacidad de escuchar cómo crece la hierba…
Les anuncio una gran alegría: Dios resucitó a Jesús de entre los muertos. El sepulcro estalló lleno de vida y de gloria en una noche como ésta. Los sumos sacerdotes y el poder romano, los poderosos de la política y de la religión, han quedado enmudecidos. Creyeron que habían triunfado arrebatando la vida del profeta de Nazaret. Hoy deben reconocer, con vergüenza, que Dios le dio la razón a Jesús al resucitarlo de entre los muertos. La vida de Jesús, su ejemplo de amor hacia los más pobres y excluidos, fue una apuesta que valió la pena.
Desde la Sambulá, colonia de empleadas de súper, de mecánicos y traileros, parte del suroeste empobrecido donde apenas pernoctan quienes tienen necesidad de dos o tres trabajos para comer medianamente, desde este espacio de relaciones humanas entrañables, les anuncio esta buena noticia:
De la resurrección de Jesús nos pringa, a borbotones, la esperanza. Nuestro país, se los aseguro, dejará de ser la cueva donde unos ladrones se quedan con el pan de todos, la tumba donde mueren nuestros jóvenes por el simple delito de no tener empleo, la cuadrilla de cómplices que protege a los delincuentes. Desde la raíz, este país será transformado y, entre ensayos parciales, que humanos somos, iremos construyendo una patria de la que ya no nos avergoncemos, un lugar más humano donde la justicia y la paz se den un beso, donde los soldados se ajusten a sus tareas constitucionales y las policías (sean mil o una, que eso no cambia necesariamente la situación de fondo) sean el azote de los delincuentes, no de los ciudadanos y ciudadanas. En los caminos recogeremos frutos y flores, y no los cadáveres de los jóvenes. Y ese país nuevo se construirá, óiganlo bien, a partir de las raíces profundas que atraviesan la patria desde la sierra tarahumara hasta las montañas del sureste mexicano.
Les anuncio que un día, todos y todas tendremos pan en nuestras mesas, y frutas y vegetales. El derecho a la salud será cabalmente respetado y no será la mercancía que pueden comprar solamente quienes tienen dinero. El trabajo será una bendición y no un martirio cotidiano y el hambre, esa bestia feroz que tantas vidas ha devorado, será un recuerdo del pasado, sombra vieja en medio del resplandor de una austeridad gozosa en la que nadie consuma con inconsciencia y desparpajo y en donde nadie viva del trabajo de los demás.
Les anuncio que algún día, con la fuerza del Resucitado, el escándalo que provocó el que una pareja se diera un beso de saludo y por ello fuera llevada a la cárcel en Dubai, se extenderá a todas las personas. Sí, se lo aseguro, llegará el día en que nadie, ninguna persona, entiéndase bien, será encarcelada por un gesto de amor. Ni en Dubai ni en ninguna otra parte. Se acabarán, por fin, todos los prejuicios que impiden a las personas llamar al amor por su nombre y a los niños y niñas suplir la ausencia de sus padres naturales con un hogar que pueda darles el amor que necesitan.
Les anuncio también que encontraremos la manera de que la primavera vuelva a ser lo que antes era, y el verano nos riegue con su lluvia. Les prometo un otoño de olorosos jazmines y un invierno que nos permita valorar las otras ‘calideces’ no climáticas. Sí, el respeto al planeta ajeno nos traerá la paz. Desterrada será la absurda pretensión de poseer algo que le pertenece a la vida, al universo, al equilibrio metagaláctico. Nos miraremos entonces a los ojos, no solo con los otros miembros de nuestra propia especie, sino con los árboles y las ostras, los manglares y los arrecifes, las selvas y los desiertos. Y descubriremos que vivimos en una casa prestada, dispuesta a ofrecernos sus riquezas en tanto nos tratemos con ella de igual a igual.
Este anuncio de resurrección, gritado a voz en cuello en un entorno de destrucción y muerte, tiene una potencia misteriosa escondida en sus entrañas. Jesús de Nazaret, el hombre nuevo, ha despertado del sueño del abismo. Ya nunca más será la muerte la última palabra de Dios para nosotros. Gracias a su virtud utópica, a su motricidad revolucionaria, la resurrección de Jesús puede ser también nuestra propia resurrección. Oigan, si no, lo que los teólogos y poetas dicen de esta fecha:
“Esta es la gran noticia: Dios le ha dado la razón al crucificado desautorizando a sus crucificadores. El rechazado por todos ha sido acogido. El despreciado ha sido glorificado. El muerto está más vivo que nunca. Se confirma lo que Jesús predicaba: Dios se identifica con los crucificados. Nadie sufre que Dios no sufra. Ningún grito deja de ser escuchado. Ninguna queja se pierde en el vacío. Los «niños de la calle», de Bucarest o Sao Paulo tienen Padre. Las mujeres ultrajadas por su pareja tienen un último defensor. Los jóvenes que se suicidan en Europa acaban su vida acompañados por Dios. Y Dios sólo quiere la vida, la vida eterna, la vida para todos. Lo vislumbramos ya en la gloria del resucitado. Hoy es la fiesta de los que se sienten solos y perdidos, de los enfermos incurables y de los moribundos. Es la fiesta de los que viven muertos por dentro y sin fuerza para resucitar. La fiesta de los que sufren en silencio agobiados por el peso de la vida o la mediocridad de su corazón. Es la fiesta de los mortales porque Dios es nuestra resurrección”.
José Antonio Pagola
“La cruz seguirá siendo, / desgraciadamente y para rato / el árbol donde el coche va a estrellarse / cuando todos volvían tan contentos, / la reja insoportable de los presos, / la bala fratricida del fusil, / el látigo legal o físico del amo, / el sobre del despido, / el número del código penal que nos condena. / Pero también, si somos fieles y sencillos, / la bandera animosa, / la dirección segura, / la flecha de la esperanza, / el bastón de la vida / con que Dios, nuestro amigo, nos conduce. / Seguimos caminando, amigos, compañeras. / El reino no ha venido aún del todo: / ¡También tenemos nosotros que traerlo!… / Nuestras pobres alegrías, entre tanto, / no son más que un estreno; / nuestro amor, un besito tímido en la frente. / Y del banquete, / del que Jesús nos habla a cada paso, / no tenemos aún más que unos pocos entremeses. / Lo demás lo iremos preparando / uno a uno y día a día, / todos juntos / lo más rápido posible, / hasta que todos / estemos borrachos por la fiesta, / chiflados como novios / y locos de amistad y esperanza interminable / en la mesa redonda y siempre puesta / del reino de los cielos”.
Víctor Manuel Arbeloa
“Vuestros tiempos perdidos / son mi tiempo de canto. / Me anticipo a gritaros que ya es hora. / Quizá roncos de angustia, / por causa de la noche / los gallos, los poetas, despertamos el día… / Esta es nuestra alternativa; / vivos / o resucitados”.
Dom Pedro Casaldáliga
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