Iglesia y Sociedad

Profetas de la ternura

27 Abr , 2009  

Hay acontecimientos que quedan prendidos en la memoria colectiva. Uno de ellos es el Auto de fe realizado por Fray Diego de Landa en Maní. Así lo recuerda Eduardo Galeano: “1562. Maní. Esta noche se convierten en ceniza ocho siglos de literatura maya… Al centro, el inquisidor quema los libros… mientras tanto, los autores, artistas-sacerdotes, muertos hace años o siglos, beben chocolate a la fresca sombra de la ceiba, el primer árbol del mundo. Ellos están en paz porque han muerto sabiendo que la memoria no se incendia.” (Maní (fragmento). Memoria del Fuego. Los nacimientos)

Aunque hay versiones encontradas sobre el pasaje histórico y pueden hallarse lo mismo defensores que detractores del obispo franciscano, lo cierto es que Landa, movido por un celo digno de mejores causas, persiguió y castigó a cientos de hombres y mujeres mayas por el delito de idolatría (eran bautizados, pero continuaban el culto maya en la clandestinidad) e incendió cientos de códices y de figuras en los que el pueblo maya guardaba celosamente su memoria y su alma religiosa.

A hechos como el Auto de fe de Maní se refería el Papa Juan Pablo II cuando, en su carta apostólica ‘El tercer milenio que llega’ señalaba: “Otro capítulo doloroso sobre el que los hijos de la Iglesia deben volver con ánimo abierto al arrepentimiento está constituido por la aquiescencia manifestada, especialmente en algunos siglos, con métodos de intolerancia e incluso de violencia en el servicio a la verdad. Es cierto que un correcto juicio histórico no puede prescindir de un atento estudio de los condicionamientos culturales del momento, bajo cuyo influjo muchos pudieron creer de buena fe que un auténtico testimonio de la verdad comportaba la extinción de otras opiniones o al menos su marginación. Muchos motivos convergen con frecuencia en la creación de premisas de intolerancia, alimentando una atmósfera pasional a la que sólo los grandes espíritus verdaderamente libres y llenos de Dios lograban de algún modo substraerse. Pero la consideración de las circunstancias atenuantes no dispensa a la Iglesia del deber de lamentar profundamente las debilidades de tantos hijos suyos, que han desfigurado su rostro, impidiéndole reflejar plenamente la imagen de su Señor crucificado, testigo insuperable de amor paciente y de humilde mansedumbre. De estos trazos dolorosos del pasado emerge una lección para el futuro, que debe llevar a todo cristiano a tener buena cuenta del principio de oro dictado por el Concilio: «La verdad no se impone sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra, con suavidad y firmeza a la vez, en las almas» (TMA 35).

Por eso creo que, junto con el auto de fe de Maní. Las generaciones venideras recordarán otra fecha: el 13 de Abril de 2009. En esa fecha, un lunes por la tarde, al atrio del convento de Maní llegaron los franciscanos que viven en el sureste de México (Yucatán, Campeche, Tabasco, Quintana Roo y Chiapas), pertenecientes a la provincia que lleva por nombre San Felipe de Jesús. Con los pies calzados con sandalias y los raídos hábitos cafés, estos discípulos de Jesús y miembros de la familia de Francisco de Asís, que se toman en serio la vivencia del evangelio, hicieron una celebración en la que pidieron perdón por todas las ‘sombras’ de la tarea evangelizadora realizada en estas tierras por sus cofrades del siglo XVI y los siglos posteriores. De manera especial pidieron perdón por el auto de fe de Maní.

Seguidores de Cristo pobre, despojados de la parafernalia mediática que –hoy más que nunca– no es más que ‘campana que suena y platillo que retumba’, y apoyados solamente en la fuerza desnuda de su testimonio, estos profetas de la ternura, los frailes franciscanos de la provincia sureste, se comprometieron a luchar para que acciones como el auto de fe no se repitan más nunca en el presente ni en el futuro. Comparto con ustedes, el hermoso texto con el que pidieron perdón y manifestaron su compromiso:

Al pueblo maya, extendido más allá de las fronteras humanas
Al pueblo yucateco
A la Iglesia católica y a todas las denominaciones cristianas que se esfuerzan por vivir el mensaje de Jesús de Nazaret
A todas las mujeres y hombres de buena voluntad

Nosotros, Hermanos Menores del siglo XXI, pedimos PERDÓN:

Pedimos perdón al pueblo maya, por no haber entendido su cosmovisión, su religión, por negar sus divinidades; por no haber respetado su cultura, por haberle impuesto durante muchos siglos una religión que no entendían, por haber satanizado sus prácticas religiosas y haber dicho y escrito que eran obra del demonio y que sus ídolos eran el mismo satanás materializado.

Pedimos perdón, porque en muchas ocasiones nos alejamos del mandato de Jesús de Nazaret: Vayan por todo el mundo y prediquen la Buena Noticia… y predicamos una religión de miedo, temor y lucro, y no nos encarnamos e inculturamos en este pueblo, como Jesús se encarnó en el género humano.

Pedimos perdón, porque destruimos sus edificios, sus templos y encima de ellos construimos grandes obras arquitectónicas, muchas veces con el cansancio, el sudor y la sangre de los indígenas. Pedimos perdón porque una vez terminadas esas obras no las pusimos, en muchas ocasiones, al servicio del Reino y del pueblo; nos encerramos en ellas y nos alejamos de los pobres, encontramos en dichos edificios todas las comodidades; hicimos de ellos nuestro claustro, cerramos nuestras vidas y encerramos nuestras ideas y con ello nos olvidamos de que el mundo es nuestro claustro y de que en él hay muchos excluidos, muchos claustros olvidados.

Pedimos perdón. por no haber hecho una evangelización que incluyera a las mujeres, y en muchas ocasiones nos unimos a la práctica común de utilizarlas, humillarlas, excluirlas, someterlas, no darles el justo lugar que deben ocupar en nuestra Iglesia a pesar de que ellas son las que la sostienen.

Pedimos perdón, por haber dudado de la dignidad de la persona humana; por haber callado frente a la violación de los derechos de los hombres y mujeres de estas tierras, pudimos haber gritado, levantado la voz, pero no lo hicimos y con ello nos unimos a la aberrante humillación de nuestro pueblo.

Pedimos perdón, porque no seguimos el ejemplo de Francisco de Asís, de abrazar a los excluidos de todos los tiempos con diferentes rostros del crucificado: niñas y niños; jóvenes, indígenas, campesinos, obreros, migrantes, ancianos, mujeres, infectados de VIH y enfermos de SIDA, homosexuales y muchos otros marginados de la sociedad; nos unimos a la voz inquisidora de quien señala y condena y no les dimos la ternura profética y salvadora que viene de Dios.

Pedimos perdón, porque nos unimos al saqueo de la hermana madre tierra, y con una mentalidad mercantilista, la abandonamos y abandonamos a los que la trabajan.

La historia y el pueblo han juzgado a nuestra Iglesia y a la Orden Franciscana; aceptamos con humildad el juicio y llevamos en nuestra conciencia la condena: cargar en nuestros hombros hasta el final de los días con el perdón y la bondad del pueblo del que un tiempo nos alejamos.

Nosotros hermanos menores, nos COMPROMETEMOS:

A ofrendar nuestra vida, hasta el extremo, hasta entregarla por la salvación y la liberación total de todo pecado, de toda opresión de cualquier tipo, para que las hijas y los hijos de Dios tengan vida en plenitud.

A formar a nuestros hermanos que vienen atrás y a formarnos nosotros, para comprender la cultura de la que hemos salido, promoverla y encarnar el mensaje de Jesús hasta tener un cristianismo maya.

A abrazar a los excluidos de hoy y luchar desde lo más profundo del corazón y con todas las fuerzas que nos da el Dios de la vida, por su inclusión en nuestra sociedad, por el respeto de sus derechos.

A luchar porque las mujeres tengan una vida más participativa en la sociedad y en nuestra Iglesia.

A trabajar por transformar la historia al lado de nuestro pueblo; a cuidar la vida en todas sus dimensiones, especialmente la vida amenazada; a continuar la Causa de Jesús: hacer el Reino. A hacer otro mundo.

Dios, Madre y Padre, que conoce las intenciones y propósitos de sus hijas e hijas nos dé la fuerza de su Espíritu para que, siguiendo a su Hijo, podamos llevar al corazón de nuestro pueblo, la Buena Noticia de la salvación, con la encarnación profética de la ternura.

Maní, Yucatán, 13 de abril de 2009
En el VIII Centenario de Fundación de la OFM

Iglesia y Sociedad

¿Justicia pronta y expedita?

20 Abr , 2009  

La pesadilla duró cerca de diez años. El pasado 8 de abril de 2009, justo al inicio de un período vacacional para el Poder Judicial, el Tribunal Superior de Justicia emitió la sentencia final del conocido caso de las violaciones a los derechos humanos cometidas contra niños y niñas de la Escuela Social de Menores Infractores (ESMI), y denunciadas por sus familiares desde el año 2001.

Cerca de un año después que el equipo de derechos humanos Indignación A.C. interpusiera la queja ante la Comisión Nacional de Derechos Humanos, ésta emitió la recomendación 10/2002 que documentó graves violaciones a derechos humanos cometidas por la entonces Directora de la ESMI, Dra. Rocío Martel, ante la complacencia y complicidad de otros funcionarios de la institución.

En numerosas ocasiones he referido en esta misma columna las vejaciones de que fueron objeto los niños y niñas de la ESMI. Si las repito ahora no es por un prurito morboso, sino para que nunca olvidemos de lo que es capaz el abuso de poder, para que aquilatemos el sufrimiento que han llevado por muchos años sobre sus hombros (y, probablemente seguirán llevando) los niños y niñas agredidos, pero –sobre todo– para que nos aseguremos de que situaciones como ésta no vuelvan a ocurrir nunca más.

La CNDH documentó en su recomendación que funcionarios de la ESMI, bajo el mando de la Dra. Martel, obligaban a los niños a comer alimento para cerdos, los golpeaban en diversas partes del cuerpo con objetos distintos como mangueras, cinturones o zapatos y los encerraban en celdas por lapsos de hasta 15 días. La CNDH también documentó que la entonces directora le tocaba y apretaba los genitales a los varones y los pezones a las mujeres como medio de castigo o amenaza; vestía a los varones de mujer para humillarlos, dejaba a los internos sin comer hasta por lapsos de 3 días, les suspendía las visitas con sus familiares; los amarraba de árboles, los amenazaba con trasladarlos al CERESO de la entidad y también con inyectarles sangre contaminada con el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) y les administraba psicotrópicos y otros medicamentos sin ningún tipo de prescripción médica ni control.

No obstante la gravedad de los hechos documentados, los órganos encargados de procurar y administrar justicia se llevaron seis años en llegar a una sentencia, en un proceso plagado de irregularidades que puntualmente dio a conocer a la opinión pública el equipo Indignación A.C. El resultado del trabajo de la juez séptimo, Rubí González Alpuche, no pudo ser más decepcionante: en su sentencia de agosto de 2007 no solamente fijó una pena irrisoria a las únicas dos personas a las que encontró culpables (la Dra. Martel, 3 años de prisión, y al chofer Martín Antonio Espínola Escalante, un mes, absolviendo a otros diez ex funcionarios implicados), conmutables por 19 mil pesos en el primer caso y por 555 pesos en el segundo, sino que pretendió justificar la sentencia bajo el argumento de que “llegar a esos excesos, fue con una clara intención de hacer recapacitar a los menores (…) considerados ‘menores incorregibles’ (…) provenientes de familias totalmente disfuncionales”.

A pesar de que las y los adolescentes habían enfrentado un largo y desgastante proceso, la sentencia dejó un grado tan alto de insatisfacción, que, ofreciendo un ejemplo de valor, una de las agraviadas, acompañada del equipo Indignación A.C., decidió interponer el recurso de apelación por la reparación del daño e instar al Ministerio Público a apelar la sentencia ante el Tribunal Superior de Justicia, proceso que se prolongó por casi dos años y que ha resultado en la sentencia final que prevé un aumento de 11 meses en la pena impuesta contra la ex directora de dicho centro, Rocío Martel López, con lo que queda confirmada su responsabilidad.

Estos son, pues, los números vergonzosos de la justicia “pronta y expedita” para los niños y niñas de la ESMI cuyos derechos fueron violados: un proceso que abarcó más de ocho años, tres gobiernos estatales involucrados (Víctor Cervera Pacheco, Patricio Patrón Laviada e Ivonne Ortega Pacheco), y una sentencia que llega casi diez años después de que se cometieron los hechos, ocho años después de que se denunció ante la CNDH, seis años después de que inició el proceso penal y a casi dos de que se presentó la apelación ante el Tribunal Superior de Justicia de Yucatán.

Aunque, a juicio del equipo Indignación A.C., la sentencia no refleja la gravedad de los agravios cometidos contra las y los entonces adolescentes, no todo son malas noticias. No solamente ha quedado confirmada la culpabilidad de la ex funcionaria, sino que de este largo proceso han surgido algunos elementos que serán de mucha utilidad para futuros procesos de defensa de derechos humanos contra los abusos del poder público.

Un primer elemento es que no recordamos que en alguna otra ocasión, en la sentencia de un caso de violación a los derechos humanos, se haya incluido el concepto de reparación moral del daño. Es cierto que 10 mil pesos para cada uno de los niños y niñas denunciantes aparece como una cifra insuficiente, que no alcanza ni siquiera a costear un tratamiento psicológico que les permitiría superar las secuelas de los sufrimientos que padecieron, sin embargo, la inclusión de tal concepto sienta un precedente en materia de derechos humanos en el estado de Yucatán, lo que debe considerarse una victoria, tanto de los denunciantes, como de las organizaciones nacionales que se unieron a esta exigencia ante el Tribunal Superior de Justicia: Infancia Común, la Red Todos los Derechos para Todas y Todos y la Red por los derechos de la infancia.

Un segundo elemento digno de llamar la atención es que, aunque el aumento de la sentencia fue solamente de once meses, el Tribunal Superior de Justicia determinó que tal sanción no podrá ser sustituida por dinero sino, únicamente, por setecientas doce jornadas de trabajo a favor de la comunidad, en los términos que fije el Ejecutivo del Estado. Grave responsabilidad tiene la gobernadora del estado, ya que de ella dependerá fijar cuál será el trabajo a favor de la comunidad por el que la ex directora podrá conmutar su sentencia. Seremos muchos y muchas quienes estaremos pendientes de su decisión. Será una buena oportunidad para medir su compromiso en el combate contra la impunidad, uno de los cánceres que mina nuestro sistema de procuración e impartición de justicia.

Finalmente, aunque la dilación haya sido el signo bajo el cual transcurrió todo este largo proceso judicial, no deja de ser alentador que una demanda ciudadana, llevada adelante gracias a la resistencia de los agraviados, pertenecientes a un grupo en especial situación de vulnerabilidad como son los niños y las niñas, haya logrado evitar la impunidad de la ex funcionaria que, en ejercicio de sus tareas, abusó de su poder y cometió los delitos por los que, finalmente, resultó inculpada.

Colofón: Se estará presentando en fechas próximas en el Centro Cultural Olimpo la pieza teatral, “Guerrero en mi estudio”, escrita y dirigida por José Ramón Enriquez. Quienes tengan la oportunidad de asistir, además de presenciar un espléndido trabajo actoral de la compañía “Teatro hacia el margen A.C.”, podrán tener acceso a la esperpéntica visión del dramaturgo sobre la cuestión, permanentemente abierta, del único caso de mestizaje deseado que nos reporta la historia de la invasión europea de finales del siglo XV.

Iglesia y Sociedad,Pascua

La resurrección, fuente de esperanza

13 Abr , 2009  

La resurrección es un hecho meta histórico. No puede ser clasificado en el mismo tenor en el que ponderamos los otros acontecimientos de la vida de Jesús. En realidad, nadie vio la resurrección. Cuando hacia fines del siglo II, en Siria, aparece el evangelio apócrifo de Pedro narrando cómo Cristo resucita delante de los guardias romanos y los ancianos judíos, las comunidades cristianas (que son las que están al origen del Nuevo Testamento y no viceversa) lo rechazan y no lo reconocen como canónico. El sentido común de los cristianos y cristianas más antiguos no aceptó una manera tan contundente de hablar de la resurrección de Jesús.

Incluso literariamente hablando, los textos de los evangelios que hablan de la resurrección de Jesús rompen la unidad narrativa que puede percibirse en el conjunto de los tres primeros evangelios. Una lectura atenta de los textos manifestará inmediatamente al lector/a avezado/a numerosas divergencias: el número de las mujeres, el número de los ángeles, los motivos por los que las mujeres fueron al sepulcro, el horario de la visita, las palabras del ángel, la reacción de las mujeres ante el sepulcro vacío, etc.

Un dato, sin embargo, es común en todos los textos: el sepulcro está vacío. Pero aun este hecho es ambiguo: no solamente no provocó la fe (a excepción del relato del cuarto evangelio, que merece tratamiento aparte), sino que originó más bien miedo, espanto, temor. El texto de Marcos (16,8), por ejemplo, sostiene que las mujeres “salieron huyendo del sepulcro, porque estaban temblando, asustadas. Y no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo”. María Magdalena interpreta inicialmente el sepulcro vacío como si hubiera sido un robo (Jn 20,1.13-15) y algunos discípulos lo reducen a “locuras de mujeres” (Lc 24,11). Así pues, el sepulcro vacío es solamente un signo ambiguo, que puede ser interpretado, y de hecho lo fue como señalan los mismos evangelios, de diferentes maneras.

Son las apariciones de Jesús las que destruyen la ambigüedad del sepulcro vacío. Las apariciones, fenómenos que se conceden sólo a testigos escogidos, son las que dan origen a la exclamación apostólica: “Verdaderamente ha resucitado”. Y aunque los relatos de las apariciones parecen responder a dos esquemas distintos (el esquema que muestra a Jesús como una presencia carnal, que come, que camina con los discípulos, que se deja tocar y dialoga con ellos y aquel otro esquema que muestra a Jesús ya no ligado al espacio y al tiempo, sino que aparece y desparece, atraviesa paredes, y se muestra tan distinto, que incluso gente que lo acompañó durante años termina confundiéndolo con un viandante, un jardinero o un pescador), son la experiencia definitiva en la que se basa la posterior fe de las iglesias primitivas.

No obstante la precariedad de estos datos, la resurrección es, desde el origen del cristianismo, una afirmación fundamental. Y lo es, porque es a su luz que alcanzamos a comprender el misterio de la vida y muerte de Jesús. La afirmación apostólica de que Dios resucitó a Jesús de entre los muertos es una forma de reivindicar la vida de Jesús, su proyecto de mundo, su predicación y, sobre todo, su muerte humillante. Teólogos, tanto de la iglesia católica como de las iglesias reformadas, coinciden en sostener que sólo en la resurrección se revela el significado total de la cruz.

Quisiera abordar brevemente el sentido de la resurrección siguiendo las pistas de los teólogos de la liberación. Jesús de Nazaret aparece anunciando la irrupción del ‘Reino de Dios’ (Mc 1,15). Bajo esta expresión teológica, encontrada 122 veces en los evangelios, se anuncia una transformación total y estructural del mundo. No se trata solamente de algo interior o espiritual, algo que venga de arriba, o que tuviera que esperarse fuera de este mundo o sólo después de la muerte. En su sentido pleno y total, el Reino de Dios es la expresión de la utopía que se esconde en cada corazón humano: la de un mundo en el que el mal, la injusticia, el pecado son liquidados, con todas sus consecuencias, del ser humano, de las estructuras sociales, del cosmos entero.

Tal categoría, el ‘Reino de Dios’, no puede ser aplicada solamente a una zona determinada de la persona humana, como es su alma, o a los bienes espirituales, y ni siquiera a la iglesia. Ya lo decía Leonardo Boff, “el Reino de Dios abarca toda la realidad humana y cósmica que debe ser transfigurada y liberada de todo signo de alienación. Si el mundo sigue como está, no puede ser patria del Reino de Dios”. Y un elemento insoslayable de esta realidad es la aniquilación de la muerte.

La resurrección es la realización del Reino en la persona de Jesús. Así lo entendió el teólogo del siglo III, Orígenes, cuando afirmó que Cristo era la “autobasileia” de Dios, es decir, que el Reino de Dios se había realizado en su persona. En el Señor resucitado fueron vencidos la muerte, el mal, el odio, todas las alienaciones que nos impiden ser plenamente humanos, a imagen de Dios. Quedan realizadas en el Señor resucitado todas las potencialidades que Dios ha puesto en la existencia humana. Es por eso que un escritor del siglo III llegó a afirmar que, cuando Dios dijo “hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza”, estaba pensando en Jesús resucitado.

El Señor resucitado convierte la utopía en ‘topía’. La vida plena, la superación de todas las alienaciones, la victoria definitiva sobre el mal, la injusticia y la muerte, han acontecido ya en una persona: Jesús de Nazaret, el crucificado que ha sido resucitado por el Padre. Dios no ha quedado indiferente ante los crímenes y los lastres de la historia. Los despojados y crucificados de la historia tienen, en la resurrección de Jesús, una fuente inagotable de esperanza. La lucha por la justicia, por el amor, por la transformación del mundo, aunque aparentemente fracase en el proceso histórico, es una apuesta destinada a la victoria. Al final triunfará.

Releo lo que he escrito hasta aquí. Lamento haber escogido el camino de la teología para mi tradicional escrito pascual. Gracias a la diligencia cibernética de mi amigo Luis Peniche puede revisarse ahora, en la sección “descargas” de este mismo sitio, mis reflexiones pascuales de los últimos años. Cualquiera de ellas es mejor que las líneas que anteceden. No cabe duda que el lenguaje descriptivo palidece ante el lenguaje lírico. Sí, sí, ya sé… debí haber escrito un poema o inventado una canción. No hay mediación más acertada para hablar de la resurrección que el lenguaje simbólico. Lástima que los tiempos poéticos han pasado para mí y la inspiración no suele aparecer cuando la busco. De todas maneras, con la pobreza de la prosa explicativa, deseo a todos los lectores y lectoras de esta columna, una muy feliz pascua de resurrección.

Colofón: Eduardo Galeano pisó tierras mayas. Tras de sí dejó la estela de sabia ironía que corresponde a un cronista lúcido de la historia pasada y reciente. Fue una grata oportunidad tenerlo al alcance de la mano y escuchar su palabra. Vaya un cálido agradecimiento a Olga Moguel y Atilano Ceballos, organizadores de la inolvidable visita.

Iglesia y Sociedad

Taj Náach Yano’on… ¡Qué lejos estamos!

6 Abr , 2009  

Ya todo huele a semana santa. La celebración cumbre del triduo pascual resulta para los cristianos y cristianas una conmemoración de aquello que nos identifica en lo más hondo: el aprecio por la entrega salvadora de Jesucristo en la cruz. He insistido ya en otras ocasiones en que me parece un desvío separar el misterio de la pasión, muerte y resurrección del conjunto de la vida de Jesús. Como bien señalara el teólogo brasileño Leonardo Boff en su libro ‘Pasión de Cristo. Pasión del mundo’: “Muerte no es solamente el último momento de la vida. Es la vida toda que va muriendo, limitándose, hasta sucumbir en un límite último. Por eso, preguntar ‘¿Cómo murió Cristo?’ equivale a preguntar cómo vivió, cómo asumió los conflictos de la vida… Él asumió la muerte en el sentido de haber asumido todo lo que trae la vida: alegrías y tristezas, conflictos y enfrentamientos, por causa de su mensaje y de sus opciones de vida”.

Siempre he pensado que la pregunta ‘¿por qué mataron a Jesús?’ es mucho más pertinente de aquella ‘¿por qué murió?’. Y es más pertinente porque Jesús no buscó la muerte. No fue un suicida. No quiso el sufrimiento ni para los demás, ni para él. Es más, una lectura atenta de los evangelios nos muestra a Jesús combatiendo el sufrimiento ahí donde lo encontraba: en la enfermedad, en las injusticias, en la desesperanza. Por eso el relato de la oración en el huerto de Getsemaní nos muestra que Jesús no corrió tras la muerte… pero tampoco se echó para atrás.

Aquí reside, me parece, la clave para darle al sufrimiento un sentido redentor. Empeñarse en que haya un mundo en el que sea menos difícil el amor y la justicia, la hermandad y la igualdad en la diversidad, implica denunciar situaciones que engendran odio, implica comprometerse en la transformación del mundo, en la gestación de estructuras sociales, ideológicas, psicológicas, políticas y religiosas que hagan posible la justicia y la fraternidad.

Y, como nos lo enseña el testimonio de tantos mártires, este compromiso lleva a enfrentamientos, a sufrimiento, en una palabra, a la cruz. Pero ése es el trabajo de los cristianos y cristianas. Por eso dice Boff que “cargar la cruz hoy como Jesús la cargó significa, por tanto, solidarizarse con aquellos que son crucificados en este mundo, los que sufren violencia, son empobrecidos, deshumanizados, ofendidos en sus derechos”.

Y porque en nuestra sociedad, machista y patriarcal, resulta que los crucificados de este mundo son, muchas veces, más crucificadas que crucificados, es que me alegra que en el marco del mes de marzo y en pleno tiempo cuaresmal, el equipo Indignación A.C. haya publicado el informe “Náach Yano’on” (¡Qué lejos estamos!) sobre la situación de las mujeres y su acceso a la justicia.

El informe, que puede ser consultado completo, en sus 42 páginas, en el portal electrónico www.indignacion.org.mx, fue realizado en ocasión de que, el pasado 20 de marzo, se cumpliera un año de la entrada en vigor de la Ley de Acceso de las Mujeres a una Vida sin Violencia en el Estado de Yucatán. Con datos duros, el documento nos presenta una realidad altamente preocupante: las mujeres yucatecas, especialmente las mujeres mayas, no han experimentado ningún cambio en su acceso a la justicia a raíz de la entrada en vigor de la ley. Las prácticas viciadas siguen siendo las mismas: no solamente continúan en aumento las cifras de la violencia, sino que los ministerios públicos ni siquiera conocen la ley y se perpetúan los obstáculos para denunciar, enjuiciar y sancionar a quienes cometen violencia en contra de las mujeres.

De nuevo, el equipo Indignación A.C. desnuda hasta sus mismas entrañas el sistema de procuración e impartición de justicia en Yucatán. Queda en el informe, a través del relato de acompañamiento de algunos casos (Doña Rafaela, Doña Eduviges, Doña Antonia, Doña Alicia…), el cúmulo de problemas que enfrentan las mujeres yucatecas y mayas en su determinación de buscar la justicia: las trabas en los Ministerios Públicos, las leyes que están mal hechas, aquellas otras leyes que ni siquiera se han hecho, es decir, todas las ausencias que, por negligencia o incompetencia, son atribuibles al gobierno en todos sus niveles.

Como el nombre mismo del informe afirma, asomarse a la realidad del fallido acceso de las mujeres a la justicia es reconocer cuán lejos estamos de cumplir con los más altos estándares establecidos en el derecho internacional de los derechos humanos. A pesar de la flamante adaptación yucateca de la norma federal, el calvario de una mujer en búsqueda de justicia es hoy en Yucatán una realidad vergonzosa.

Para muerta basta un botón: Doña Rafa es una mujer de una comisaría de Conkal. Ha vivido violencia verbal, psicológica, física y sexual por parte de su esposo durante treinta años. Acudió en varias ocasiones al juez de paz de su comunidad y su marido fue arrestado hasta por 36 horas en algunas ocasiones. En septiembre de 2006, doña Rafa acudió de nuevo al juez de paz para denunciar al marido. El juez conminó al agresor a permanecer lejos de su hogar e hizo que firmara un convenio en el que se comprometía a cumplir con esa orden. El mismo juez recomendó a doña Rafa acudir al Ministerio Público para ahí presentar su queja, advirtiéndole que en el ayuntamiento ya no podían hacer nada más.

Doña Rafa interpuso su denuncia penal ante la agencia del Ministerio Público especializada en delitos sexuales y violencia familiar desde el año 2007. Ha ampliado su declaración en varias ocasiones, ha presentado testigos, ha ofrecido una valoración psicológica que le realizaron en la Casa de la Mujer… Sin embargo, hasta marzo de 2009 su expediente no había sido consignado. ¿Qué otra cosa necesitará hacer, dado que en la agencia del Ministerio Público no sabían siquiera de la existencia de la nueva ley y, mucho menos, cómo ponerla en práctica?

Con este informe, el equipo Indignación A.C. nos ofrece un testimonio más del dolo y el desinterés de las autoridades yucatecas en la administración de justicia a favor de las mujeres. Y nos confirma también, con talante profético, aquello que señalaba Boff: “Defender (a quienes se ven privados de sus derechos), atacar las prácticas en cuyo nombre se les convierte en no personas, asumir la causa de su liberación y sufrir por ella, es cargar con la cruz. La cruz de Jesús y su muerte fueron consecuencia de un compromiso a favor de los desheredados de este mundo”.

Colofón: Sigue hablando cuando muchos callan, recuerda cuando muchos apuestan por el olvido, hurga en los entresijos de la historia y comparte la visión de los vencidos: es Eduardo Galeano, el montevideano de América, escritor entrañable, historiador de los nadies… y estará en Mérida, en el teatro de la UADY, hoy lunes 6 de abril a las 19.00 horas, y en Maní, en la Escuela de Agricultura Ecológica “U Yits Ka’an”, mañana martes 7 de abril a las 17.00 horas. Es una oportunidad única que no hay que desaprovechar. La entrada es libre.