Dicen que Monseñor Óscar Arnulfo Romero era bastante conocido por la gente ya desde antes de ser nombrado arzobispo de San Salvador. Antes de su encuentro con los pobres, el Damasco particular después del cual el obispo salvadoreño, como Pablo de Tarso, se convirtió al evangelio, Monseñor Romero era un hombre tímido, institucional, conservador. Un buen tipo, según algunos. Un hombre con miedos, según otros. Nadie que estuviera llamado a sobresalir, coincidían todos.
La razón por la cual Monseñor Romero era conocido por muchas personas era que tenía un programa de radio. Además de una breve catequesis, Monseñor solía contar a los oyentes los viajes que realizaba. Sabiendo el privilegio que significaba en un país como El Salvador tener los medios suficientes como para salir del país y conocer nuevas naciones y continentes, el obispo mártir acostumbraba mencionar a detalle las cosas que iba conociendo. Hay testimonios, reunidos después de su muerte, que muestran cómo mucha gente “viajó” de manera virtual gracias a los programas de Monseñor.
Por cuestiones de trabajo, he estado en Roma desde hace tres semanas. He podido estar cerca de los trabajos realizados en el sínodo de los obispos dedicado a la Palabra de Dios y esto me ha dado la oportunidad de caminar por las calles de esta ciudad llena de memoria y con olor de siglos. En un humilde intento de imitación de esa faceta de Monseñor Romero, trataré de compartirles en algunas pinceladas mi experiencia de Roma.
Contrariamente a lo sucedido el año pasado, en que nevó siendo todavía otoño, mi estancia en Roma se ha desarrollado en medio de un clima maravilloso. Los romanos mismos comentan que los padres sinodales han tenido mucha suerte al tener tanto sol en una temporada que suele ser lluviosa. En tres semanas, ha lloviznado solamente dos tardes, mientras que las mañanas han estado todas llenas de sol. Un caribeño, miembro de nuestro equipo de trabajo, me decía que se iba un tanto decepcionado, precisamente porque había salido del calor del Caribe para encontrarse con algo de frío y, en vez de eso, había encontrado un clima cálido y confortable.
No sé si sea el paso de los años y/o el deterioro de la memoria, pero me parece que no he visto nunca tanto turista en la ciudad eterna como en esta estancia. Decenas de grupos numerosos llegan a la basílica de san Pedro a todas horas. La entrada a la basílica es ahora controlada para evitar el posible ingreso de armas. Esto hace que desde horas tempranas se forme en la Plaza de san Pedro una larga fila de visitantes –algunos turistas, otros peregrinos– que esperan penetrar en esa obra maestra de Miguel Ángel.
Cuando uno camina por las calles puede escuchar las lenguas más raras. Cientos de personas venidas de la India se atropellan para ofrecer mercancías sobre las banquetas. Acaso su presencia, junto con emigrados del África, sea la huella étnica más notoria para los turistas, aunque no hay grupo más numeroso en Italia que el proveniente de Rumania, con sus cerca de un millón de emigrados solamente en Roma, pero que al ser físicamente parecidos a los italianos, pasan desapercibidos.
Roma, Italia toda, es un pueblo muy politizado. El pasado 25 de octubre tuvo lugar la marcha popular más nutrida desde que la derecha subió al poder. Socialistas y verdes, comunistas y militantes sindicales, unidos todos bajo las siglas del Partido Democrático (PD) que más que un partido es una coalición de movimientos políticos, salieron a las calles en una marcha nacional que reunió más de dos millones de personas, según los organizadores. Amas de casa, obreros, estudiantes, adultos mayores, todos marchando por las calles hasta desembocar en el Circo Máximo, donde los partidos de izquierda desafiaron al gobierno de Berlusconi exponiendo las debilidades mayores del gobierno actual: el mal manejo de la crisis económica, la tendencia a reducir el presupuesto para la educación, dejando casi morir a la escuela pública para fomentar la educación privada, el deterioro de los servicios públicos, etc.
Pero quizá la experiencia mayor que ofrece Roma sea la de la universalidad. Y para comprobarlo, nada mejor que una Misa papal al aire libre, como la acontecida el domingo siguiente a mi llegada, cuando fueron elevados a los altares cuatro nuevos santos: un sacerdote italiano, dos religiosas, una india y la otra suiza (pero que vivió la mitad de su vida en Colombia) y una laica ecuatoriana. No es solamente que la Misa se haya convertido en un mosaico de lenguas y de colores, sino sobre todo el alma de cada pueblo que se pone de manifiesto en sus vestidos, costumbre y manifestaciones artísticas.
Lo mismo podría decirse del Ángelus dominical, quizá oportunidad única para muchos peregrinos de ver al Obispo de Roma asomado a su balcón para rezar y dar un mensaje. Cuando la figura blanca se asoma desde la penumbra, uno piensa en la historia de siglos que se esconde tras el sucesor de Pedro: historias de martirio y entrega generosa, de construcción cultural y de cumbres artísticas, pero también, historias de intrigas políticas y vergonzosas inquisiciones. Roma, ya lo decía Luigi Pirandello, es una pila de agua bendita… ¡qué pena que tantas veces la hayamos convertido en un cenicero lleno de colillas apestosas!
Finalmente, aunque las jornadas de trabajo han sido largas, siempre queda el recurso de la noche para salir a caminar por las callejuelas romanas. Roma está más hermosa que nunca. En un inicio de otoño con calor al mediodía y con noches frescas y agradables, caminar esta ciudad es un privilegio. Para un mexicano, del sureste yucateco para más señas, Roma es un pedazo de cielo. Plazoletas llenas de vida, fuentes iluminadas, vericuetos adoquinados donde uno puede perderse a gusto, edificios llenos de historia, restos arqueológicos que conviven con la arquitectura del ochocientos, tomas de agua siempre limpia y refrescante…
De repente, una mirada desde el Aventino. Después de asomarse por la cerradura de una puerta para ver a los lejos, deliciosamente encuadrada, la cúpula de san Pedro, uno camina hasta el jardín de los naranjos y desde ahí puede situar las siete colinas sobre las cuales está asentada la ciudad de Roma. Un atardecer tibio que invita a sumergirse en la contemplación. Un solo minuto de esta tarde hace que el cruce del océano bien valga la pena. Roma es siempre ella misma: entre pizza y cerveza clara, entre pasta y vino tinto, entre música y pintura, con la complejidad de su vida política y las contradicciones de su vida religiosa, Roma es siempre la novia que uno quisiera volver a visitar, así haya pasado diez, veinte, treinta años desde el anterior encuentro.
Colofón: Un lector anónimo ha mandado un correo insultante comentando la columna titulada “Terapias para revertir la homosexualidad. Una opinión crítica”. No he aprobado su publicación. Como le consta a los pacientes lectores y lectoras de este portal electrónico, se aprueba todo tipo de comentarios, favorables o contrarios a las opiniones aquí vertidas. Lo que no puede permitirse es usar este espacio para ofender y humillar, reacciones harto comunes de quienes no cuentan con argumentos para rebatir. La misma dirección electrónica del remitente es elocuente: maskamela@maricondemierda.com. Hubiera bastado eso para no publicar el comentario.
Todos los que, con gran paciencia, han seguido esta columna desde que era publicada en papel impreso, han de recordar que en variadas ocasiones me he referido al ya viejo problema de las violaciones a los derechos humanos cometidos contra adolescentes que estaban confinados en la antigua Escuela Social de Menores Infractores (ESMI) en el año 2001.
Como las lectoras y lectores seguramente recordarán, la denuncia de dichas violaciones a los derechos humanos derivó en la recomendación 10/2002 que emitió la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), en la que dicha institución documentó los abusos cometidos contra niños, niñas y adolescentes por parte de la entonces directora, Dra. Rocío Martell, con la participación de otros funcionarios de la ESMI.
Las violaciones documentadas por la CNDH e imputadas a la entonces directora no son cuestión menor: obligaba a los niños a comer alimentos para cerdos, los golpeaba en diversas partes del cuerpo con objetos distintos como mangueras, cinturones o zapatos; los encerraba en celdas por lapsos de hasta 15 días; le tocaba y apretaba los genitales a los varones y los pezones a las mujeres como medio de castigo o amenaza; vestía a los varones de mujer para humillarlos, dejaba a los internos sin comer hasta por lapsos de 3 días, les suspendía las visitas con sus familiares; los amarraba de árboles, los amenazaba con trasladarlos al Cereso de la entidad y también con inyectarles sangre contaminada con el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH), les administraba psicotrópicos y otros medicamentos sin ningún tipo de prescripción médica ni control, sólo por mencionar algunas de las graves violaciones a la integridad física y psicológica cometidas en perjuicio de menores.
La recomendación de la CNDH dio lugar a la causa penal 22/2003. El proceso, que en algún momento llegó a parecer interminable, incluyó nuevas violaciones a los derechos de las y los adolescentes, como, por ejemplo, realizar careos que están expresamente desaconsejados por el derecho internacional relacionado con la infancia. Finalmente, seis años después de ocurridos los hechos, la Jueza Séptimo de Defensa Social del Primer Departamento Judicial del estado, emitió una sentencia (1942/2007) en la que dispuso sanciones muy por debajo de lo que ameritaba la gravedad del hecho, sin establecer medidas de reparación del daño, o lo que es lo mismo, fue una sentencia que no sirvió para nada porque no restituyó a las víctimas ninguno de sus derechos conculcados.
Y no solamente eso: la Jueza señaló, para defender una la sentencia que contenía penas tan bajas, que eran los niños, al provenir de familias disfuncionales y ser “agresivos e incorregibles”, los que generaban una situación de estrés a los funcionarios, lo cual justificaba los castigos que les eran impuestos. Lo nunca visto: la Jueza determinó que las víctimas fueron las responsables de los delitos cometidos en contra de ellos mismos… ¡Habráse visto tal estulticia!
Si ahora regreso una vez más a este caso, retrato clarísimo de cómo se administra la justicia en Yucatán, es porque una de las víctimas, lo mismo que la Procuraduría de Justicia del estado, presentaron un recurso de apelación contra tan vergonzosa sentencia desde agosto de 2007, es decir, hace ya más de un año cumplido. Eso quiere decir que los hechos atroces arriba referidos llevan cerca de diez años de haber sido cometidos sin que la Sala Penal del Tribunal Superior de Justicia se digne resolver sobre dicha apelación. Es preocupante la posibilidad de que el Tribunal avale los criterios usados por la Jueza de primera instancia y minimice las violaciones cometidas contra uno de los sectores más vulnerables de la sociedad: los niños y las niñas.
Es por eso que el equipo Indignación A.C. está invitando a que se escriban cartas a los magistrados de la Sala Penal del Tribunal Superior de Justicia, como una acción solidaria que muestre el interés de la sociedad por el caso e impida que violaciones tan graves queden impunes y profundicen el deterioro de las instituciones encargadas de procurar e impartir justicia en Yucatán.
Si usted, paciente lector y/o lectora de esta columna, quiere unirse a este esfuerzo, puede solicitar el formato de la acción solidaria a la dirección electrónica: indignacion@prodigy.net.mx
Colofón: Hay una ciudad donde el tiempo se detiene y la belleza permanece inmaculada; una ciudad donde se puede andar horas y horas jugando a perderse entre las callejuelas y plazoletas que la pueblan; una ciudad donde la enorme cantidad de idiomas que uno escucha mientras va caminando la hacen, paradójicamente, más ella misma, incambiable, peculiar, original, eterna; no en balde dicen que es el amor puesto en un espejo. Esa ciudad es Roma.
En la ciudad de Roma, del 5 al 26 de octubre, se está llevando al cabo el Sínodo de obispos de la iglesia católica. Para ponderar bien la importancia de esta reunión, les comparto mis respuestas a algunas de las inquietudes más frecuentes:
1. ¿Qué es un sínodo y por qué se llama así?
La palabra sínodo es una palabra que proviene del griego syn-odos, que quiere decir algo así como camino conjunto, rumbo tomado de común acuerdo. En 1965, una vez terminado el Concilio Vaticano II, el Papa Pablo VI estableció reuniones periódicas (cada tres años) en las que los obispos discutieran algunos temas de importancia y, con su opinión, colaboraran con el Papa en el gobierno de la iglesia. El Sínodo es una expresión de la colegialidad que existe entre todos los obispos del mundo que, junto con sus comunidades, llevan adelante la obra de la evangelización. A través de una compleja organización, se garantiza la representación de obispos de todos los continentes que se reúnen por un tiempo largo, aproximadamente un mes, y después de deliberar entregan al Papa un documento conclusivo en el que expresan su pensamiento.
2. ¿Cuál es el tema del sínodo 2008 y cómo se escogió?
El tema es “La Palabra de Dios en la vida y la misión de la iglesia”. Al final del sínodo anterior, dedicado a la Eucaristía, los obispos manifestaron su deseo de que la Biblia, y la pastoral que en torno a su proclamación y difusión se organiza en cada diócesis del mundo, fuera motivo de reflexión por parte de los obispos. Se tratarán en este sínodo, por tanto, todos los problemas que la lectura de la Biblia conlleva en nuestro tiempo: los nuevos enfoques hermenéuticos, qué es lo que debe caracterizar a una lectura católica de la Escritura, el peligro de las lecturas fundamentalistas, etc.
3. ¿Tiene algo qué ver el tema del sínodo con la vida de los cristianos de a pie?
La Biblia se ha convertido, después del Vaticano II, en un libro al alcance de todos los católicos. En muchas iglesias particulares ha habido un trabajo lento y constante para que el pueblo tome en sus manos la Biblia y la convierta en su libro de crecimiento espiritual. La Biblia ha llegado a ser en muchos países un libro subversivo, porque ha estado en la raíz del compromiso social y político de muchos cristianos y cristianas. Recordemos, si no, lo que ocurría hasta hace poco tiempo en países como Guatemala, en el que llevar una Biblia consigo era sinónimo de subversión. Y es que el mensaje de la Biblia, cuando se lee desde las necesidades y sufrimientos del pueblo, puede convertirse en una fuerza irrefrenable de liberación.
4. ¿Qué tiene América Latina para aportarle al Sínodo?
Hay presentes en el sínodo más de cincuenta representantes de los países latinoamericanos, entre padres sinodales, auditores/as y expertos/as invitados/as. América Latina ha desarrollado una hermenéutica particular en el abordaje de los textos bíblicos, es decir, ha surgido en nuestro continente una manera de leer la Biblia y de interpretarla que tiene mucho qué ofrecer a otros continentes. Hay muchos lugares en América Latina (desafortunadamente la arquidiócesis de Yucatán no es uno de ellos) en que se ha insistido en un fuerte trabajo de pastoral bíblica que promueve y alienta lo que solemos llamar “lectura popular de la Biblia”. Este método de lectura comunitaria consiste, entre otras cosas, en tomar en cuenta, para la interpretación de los textos, tres elementos fundamentales:
a) el texto: leer informadamente, saber lo más posible acerca de lo que rodea al texto bíblico (historia, situación social, condicionamientos antropológicos, cuestiones literarias). Se trata, pues, de establecer, con la ayuda de la ciencia, el sentido que el texto tiene en sí mismo.
b) El pre-texto: se trata de ser conciente de la realidad desde la cual se hace la lectura. Establecer una cierta connaturalidad entre las necesidades del lector y las que tenía el pueblo de la Biblia. En Chiapas, por ejemplo, este tipo de lectura permitió que la realidad de de exclusión de que son víctima los pueblos indígenas generara una lectura actualizada el libro del éxodo que desató una toma de conciencia cuyos frutos palpamos en las experiencias comunitarias que ahí acontecen, quizá las más prometedoras de todo el continente.
c) El con-texto: el ambiente comunitario es indispensable para cerrar este círculo de comprensión de los textos bíblicos. Nadie lee la Biblia solo. No es la Biblia un libro de piedad individual, sino el libro de cabecera del Pueblo de Dios. En esta tarea todos, los lectores del pasado y los que vendrán más tarde, cada uno con el don que del Espíritu Santo ha recibido, van construyendo la interpretación fiel de la Biblia. El Magisterio, encarnado en los concilios ecuménicos, recoge este sentido de fe que se convierte en el marco de referencia en que dicha lectura debe hacerse para permanecer fiel.
4. ¿Cambiará algo en la iglesia después de este sínodo?
Es un poco difícil responder a esta pregunta, porque su respuesta depende de todos. El Concilio Vaticano II ha dejado abierta una puerta amplia para que la Biblia llegue a manos del pueblo, de las comunidades cristianas. Todos estamos rezando porque no haya en este sínodo ningún paso para atrás y la insistencia del trabajo bíblico vuelva a centrarse en las acciones de los clérigos en lugar de animar la lectura popular de la Biblia. Por otro lado, el compartir de las experiencias entre pastores de tantas regiones del mundo permite ver con más claridad cuáles son los verdaderos obstáculos para una lectura fiel de la Biblia y cómo desactivar el peligro, hoy más presente que nunca en muchos movimientos católicos, de la lectura fundamentalista de la Biblia, que ahoga el verdadero sentido espiritual de las Escrituras y manifiesta una ignorancia que a veces llena de vergüenza.
Hay mucha gente que tiene miedo de lo que la Biblia puede despertar en los corazones del pueblo pobre y de la fuerza transformadora que sus páginas encierran. Un documento claro, firme, abierto, de parte de los obispos de los cinco continentes acaso logre deshacer la dureza de corazón de tantas personas que quisieran ver reducido el trabajo bíblico a la simple (y redituable) tarea de vender Biblias. Lo que la apropiación de la Palabra de Dios ha generado en muchas comunidades cristianas en la segunda mitad del siglo XX ha sido una bendición. Que los obispos del mundo reconozcan este acontecimiento y lo alienten con su palabra autorizada impulsaría, sin duda, muchas nuevas iniciativas y ayudaría a suavizar y deshacer contumaces resistencias.
Raúl Lugo Rodríguez
Uno de los caídos
Tengo sangre en la boca. Tengo la boca llena de sangre. La losa fría me raspa la mejilla. Sobre mis piernas y mi espalda siento el peso de otro cuerpo. Así, inmóvil, abro los ojos, despacio, no sea que descubran que estoy vivo. Ahora puedo ver el húmedo piso de la explanada. De cuando en cuando algunos cuerpos se mueven, otros se arrastran en la oscuridad. Todavía pueden escucharse algunos disparos. No quiero deshacerme del cuerpo que yace sobre mis piernas. Es mejor que los gorilas piensen que estoy muerto. Por más que escupo, no puedo quitarme de la boca el sabor de la sangre. No sé cuánto tiempo pasa hasta que, de pronto, todo queda en silencio. Parece ser la hora de intentar la fuga. Trato de incorporarme y lo logro con una facilidad que no me esperaba. Busco escurrirme entre los otros cuerpos para llegar a la pared de la iglesia. Si lo logro, podré deslizarme por sus bordes y alcanzar la salida de esta explanada con olor a muerte (Ajá, eso es, no es solamente el sabor de la sangre en la boca, es este penetrante olor a muerte). Cuando logro llegar al costado de la iglesia miro hacia atrás y respiro al fin tranquilo. Alcanzo a ver mi cuerpo, inmóvil, bajo el peso de otro cuerpo. Ya no podrán matarme esos desgraciados. Ya soy uno de los caídos.
Campo militar No. 1
Dirigida directamente a mis ojos, la luz de la lámpara de mano me encandiló. No sé cuántos días han pasado desde que estoy en esta oscuridad, tanteando paredes húmedas, comiendo entre penumbras el plato de quién sabe qué, que me traen cada mediodía. No sé cuántos días han pasado desde que no tengo noticias de nadie, que no veo ningún rostro, que no siento el sol en mi cara, que no tengo otro mundo que estas cuatro paredes y este espacio estrecho. ¿Cómo contar las horas? ¿Cuándo podré otra vez estirar las piernas? La luz se clavó en mis ojos como cien puñales, de un solo golpe, cuando la mirilla superior de la puerta se abrió para dejar que penetrara el haz hiriente. Desde que oí los ruidos previos sentí pavor. No es la primera vez que los escuchaba. Ya se han llevado, entre gritos, a algunos de los compañeros de celdas vecinas. ¿Estarían también, como yo, en esta oscuridad? No sé si ya me acostumbré a las sombras, pero sentí un gran alivio cuando la mirilla se cerró y me devolvió a este mundo negro. Apenas si alcanzo a oír el murmullo de la conversación, pero en este reino del silencio, los oídos se agudizan para registrar cualquier sonido. Parece que se alejan caminando por el pasillo. El soldado pregunta: “¿Sí o no?” e inmediatamente una voz responde: “Sí, mi sargento, ese es uno de los cabecillas”. Mi suerte está echada. Creo reconocer la voz del delator. Pronto vendrán por mí. Comienzo a despedirme de estas sombras.
Cómo han pasado los años
La sala del aeropuerto está llena de gente. Los viajeros van y vienen, algunos con paso displicente, otros con cierta prisa, otros más con rostro de desespero. Nuestro hombre lleva lentes negros y un botón tricolor en la solapa. Camina con premura hacia la puerta número 32, en la sección de salidas internacionales del puerto aéreo. Su avión debe salir en media hora, pero quiere estar en la sala de espera con suficiente tiempo. Le sigue su esposa y uno de sus hijos menores. Viajarán por American hacia Nueva York. El hijo viene con cara de pocos amigos. La madre intenta animarlo sin conseguirlo. Hoy cumple 18 años y nunca había podido explicarse por qué siempre celebraban su cumpleaños viajando, en lugar de que le permitieran hacer una fiesta con sus amigos. Ángel, el hermano mayor, le explicó hoy la razón: papá debe estar fuera porque es el aniversario de Tlatelolco. ‘¿Y eso qué?’ preguntó el cumpleañero. Entonces Ángel le relató todo, cómo su papá fue de los dirigentes del Consejo Nacional de Huelga y cómo, milagrosamente, no hizo más de dos días en la cárcel y salió sano y salvo, cómo fue encumbrándose en una carrera política en la que, con discreción poco común entre los políticos, escaló puestos administrativos hasta llegar a la subsecretaría que ahora ocupa. ‘Entonces, ¿fue uno de los delatores?’, termina preguntándole a Ángel. ‘Eso sólo te lo puede decir él. De todos modos, feliz cumpleaños’.
El hombre de anteojos negros toma asiento. Mira a su hijo, que con gesto adusto, camina hacia él y se sienta a su lado. Cuando el hombre se quita los anteojos enfrenta la mirada acusadora de su hijo. Siempre supo que llegaría la hora de ser juzgado en este tribunal.
El investigador en 2003
Marcos tiene dieciséis años. Vive a plenitud su adolescencia, ese bendito tiempo de las obsesiones. Un tiempo no quiso saber de otra cosa que del rock pesado: Dire Straits, Guns and Roses, y hasta los viejitos de ZZ Top. Después se clavó en el cine: no había película exhibida que se perdiera, los ciclos de la Cineteca lo chiflaban y tenía ya su lista de actores y directores preferidos. Desde hace algunos meses conoció a María, una chava de la escuela. No tiene ya más obsesión que ella y las obsesiones que a ella le estremecen. Ella es hija de un sobreviviente de Tlatelolco, de los que estuvieron en la mera friega del 2 de octubre. Marcos ya no vive sino para averiguar qué es lo que pasó en Tlatelolco, visita hemerotecas, mira con atención cuanto vídeo sobre el asunto le cae en las manos, y ya hasta se bebe como cerveza los programas que antes le parecían aburridos, como Punto de partida o Reporte Trece. Hoy saldrá de la mano de María para participar en su primera marcha. Se sabe ya los nombres de los que fueron líderes: Della Roca, González de Alba, Guevara Niebla…; conoce también a detalle el relato de los acontecimientos: las luces de bengala, la pinza hecha por el ejército, el batallón Olimpia, el guante blanco; ha visto ‘Rojo Amanecer’ y ha leído ‘La Noche de Tlatelolco’ y hasta se consiguió, sacrificando su gastada, el reporte gráfico que publicara Proceso para el 30º. Aniversario. Cuando la Marcha comienza, saludo a Marcos y María. Tlatelolco no será cosa del pasado mientras existan chavos como ellos.
Tlatelolco a cuarenta años, ¡no se olvida!
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