28 de marzo de 2005
Raúl H. Lugo Rodríguez
Cuando tengamos un sueño en la mirada
y la esperanza aquí entre las dos cejas,
y no hayamos perdido aún el gusto
de pensar que mañana, que algún día
se podrá sonreír yendo al trabajo,
y tener una casa,
y calzar a los hijos con zapatos
que no sean regalados.
Cuando en nuestro deseo tenga un puesto
-un lugar por derecho-
la mesa en la que todos nos sentemos
a compartir el pan y la alegría,
donde el poder no sea de unos pocos
y donde decidamos
que existan hospitales para todos,
y escuelas para todos,
y empleos para todos…
donde no hallemos tiempo para amar la tristeza,
ni encontremos lugar para las lágrimas.
Cuando creamos juntos que es posible
construir la sociedad a esta medida,
entonces no tendremos ya más miedo
de pronunciar tu nombre.
Y podremos decir alegremente
Resurrección con R de Romance,
de Ruiseñor y de Radicalismo
de Rosa, de Remedio y Romería,
de Reconciliación y de Respuesta,
Reino de Dios y Rostros sonrientes
y -por qué no decirlo-
R de Roma.
(Y es que en la misma letra
está también el lado de lo opuesto
-y la Resurrección sabrá acabarlo-:
r de reformismo y risotada,
de robo y de rapiña,
r de ricachón y de ratero
y de rapacidad,
de rastreros, de rapto, de rivales
y -por qué no decirlo-
r de roma)
Y cuando decidamos que te asientes
en las orillas de nuestra existencia
habremos dado un paso, sólo uno,
en la insomne carrera de la historia.
«No habrá resurrección –escuché un día–
hasta que cada uno haya aprendido
a vivir para el otro».
Y en esta iglesia en la que te quedaste
a mitad del camino,
en la iglesia del prolongado invierno,
en mi iglesia -ese cofre de misterio-
te harás presente un día.
Ojalá que la aurora nos encuentre
peleando de tu lado.
Ojalá no nos tome de sorpresa…
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