Mi vida es puro cuento
“¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad…” Subo el volumen de la radio mientras manejo hacia mi casa al terminar la jornada vespertina. Con un guión radiofónico de Héctor Manuel Vázquez González, resuena en las bocinas del automóvil la magistral narración de Juan Rulfo. Se trata del programa “Narraciones nocturnas”, en el que, lunes y viernes, el/la radioescucha de la estación del IMER, Yucatán F.M., en el 92.9 del cuadrante, puede deleitarse con cuentos de Rulfo, Poe, Ribeyro, Tolstoi, Quiroga…
Mientras escucho la lectura dramatizada del cuento “Diles que no me maten”, de Juan Rulfo, impecable en su manufactura radiofónica, me pregunto cuál será la razón de que las narraciones cortas me apasionen más, mucho más, que las medallas olímpicas. ¿Será que algo lleva uno en la sangre? ¿Cosas de la genética? ¿Por qué habrá personas para quienes las librerías son más peligrosas que las cantinas y los libros más adictivos que las metanfetaminas? ¿Por qué hay gente para quien un cuento puede ser más deslumbrante que un diamante de mil reflejos?
Hurgando en mis recuerdos para buscar el origen de mi deleite por la narrativa corta, me viene a la memoria un libro que me regalara mi abuela materna. Fechado en 1908, imagino que mi abuela lo recibiría de parte de algún enamorado, dado que ella tendría...
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